DOMINGO II DE PASIÓN O DE RAMOS
Domingo II de Pasión o de Ramos
SALIDA DE BETANIA
Jesús, dejando en Betania a su
madre María, a Marta y a María Magdalena con su hermano Lázaro, se dirige, este
día, muy de mañana, hacia Jerusalén, acompañado de sus discípulos. María se
estremece al ver acercarse su hijo a sus enemigos que pretenden derramar su
sangre; con todo eso no va hoy Jesús a Jerusalén a buscar la muerte sino el
triunfo.
Es necesario que el pueblo
proclame rey al Mesías antes que éste sea crucificado; que, ante las águilas
romanas, en presencia de los Pontífices y Fariseos, mudos de rabia y de
estupor, resuenen las voces infantiles, confundidas entre los gritos de los
ciudadanos en alabanza del Hijo de David.
CUMPLIMIENTO DEL VATICINIO
El Profeta Zacarías había
predicho esta ovación preparada en la eternidad para el Hijo del hombre en
vísperas de su humillación. "Alégrate con grande alegría, hija de Sión.
Salta de júbilo, hija de Jerusalén; mira que viene a ti tu Rey, justo y
salvador, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna". Viendo
Jesús que había llegado la hora de cumplirse este oráculo manda a dos de sus
discípulos que vayan y le traigan una asna y un pollino que encontrarán no
lejos de allí. El Salvador se encontraba en Betfagé, situado en el monte de los
Olivos. Los discípulos ponen inmediatamente en ejecución el mandato de su
Maestro.
DOS PUEBLOS
Los Santos Padres nos han
proporcionado la clave del misterio de estos dos animales. El asna representa
el pueblo judío sometido al yugo de la Ley; "el pollino en el que, según
el Evangelio, no había montado nadie todavía", representa a la gentilidad
a quien nadie había subyugado aún. La suerte de ambos pueblos se decidirá
dentro de unos días. El pueblo judío será desechado por no haber recibido al
Mesías; en su lugar Dios elegirá al pueblo gentil, indómito hasta entonces,
pero que se convertirá en dócil y fiel.
CORTEJO TRIUNFAL
Dos discípulos aparejan al
pollino con sus vestidos; Jesús entonces, queriendo realizar el vaticinio del
profeta, monta sobre el animal y se prepara de este modo a entrar en la ciudad.
Mientras tanto en Jerusalén corre el rumor de que Jesús se aproxima. Inspirados
por el Espíritu divino la turba de judíos reunidos en la ciudad de toda
Palestina para celebrar en ella la Pascua, sale a recibirle con palmas y gritos
clamorosos. El cortejo que iba acompañando a Jesús desde Betania, se confunde
con esta multitud ferviente de entusiasmo; unos tienden sus vestidos por el
camino, otros enarbolan ramos de palmera a su paso. Resuena el grito de
"Hosanna" y recorre la ciudad la noticia de que Jesús, hijo de David
entra en ella como Rey.
EL REINO MESIÁNICO
Así fué cómo Dios, ejerciendo
su poder sobre los corazones, preparó, en la ciudad en que pocos días después
sería pedida su sangre a gritos, un triunfo para su Hijo. Este día Jesús tuvo
un momento de gloria y la Iglesia quiere que renovemos cada año el recuerdo de
este triunfo del Hijo del hombre. Cuando nacía el Emmanuel, vimos llegar del
lejano oriente a Jerusalén a los Magos en busca del Rey de los judíos, para
adorarle y ofrecerle sus presentes; hoy es la misma Jerusalén la que sale a
recibirle. Ambos acontecimientos tienen un mismo fin: reconocer a Jesucristo
como Rey; el primero por parte de los gentiles, el segundo por parte de los
judíos. Era menester que el Hijo de Dios recibiese ambos tributos antes de su
Pasión.
La inscripción que Pilatos
pondrá dentro de poco sobre la cabeza del Redentor: Jesús Nazareno, Rey de los
judíos, será el carácter indispensable de su mesianismo. Inútiles serán los
esfuerzos de los enemigos de Jesús para cambiar los términos del escrito; no
lograrán su fin. "Lo que he escrito, escrito está", respondió el
gobernador romano. Su mano confirmó, sin saberlo, las profecías. Israel
proclama hoy a Jesús por su Rey; bien pronto será disperso en castigo de su
perjurio; pero ese Jesús, a quien ha proclamado, permanecerá siempre Rey. De
este modo se cumplió a Ja letra aquel mensaje del Ángel que dijo a María
anunciándole la grandeza del hijo que iba a concebir: "El Señor le dará el
trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente'".
Jesús comienza en este día su reinado sobre la tierra; y como el primer Israel
va a sustraerse de su cetro, un nuevo Israel, nacido del grupo fiel del
antiguo, va a nacer, formado de gentes de todas las partes del mundo, y ofrecerá
a Cristo el imperio más extenso que jamás ha ambicionado un conquistador.
Tal es el misterio glorioso de
este día en medio del duelo de la Semana de Pasión. La Iglesia quiere que
nuestros corazones se desahoguen un momento de alegría en el que saludamos a
Jesús como Rey. Ha organizado la liturgia de este día de tal forma que encierre
en sí juntamente alegría y tristeza; la alegría al unirse a las aclamaciones
con que resonó la ciudad de David; la tristeza volviendo en seguida al curso de
su gemidos por los dolores de su Esposo divino. Todo el drama está dividido
como en tres actos distintos, cuyos misterios e intenciones vamos a explicar
uno tras otro.
La bendición de las palmas o de
los ramos, como vulgarmente se dice, es el primer rito que se desarrolla ante
nuestra vista; y podemos juzgar de su importancia por la solemnidad que la
Iglesia despliega en su celebración.
Durante largos siglos diríase
que iba a celebrarse la santa Misa sin otra intención que la de celebrar el
aniversario de la entrada de Jesús en Jerusalén: Introito, Colecta, Epístola,
Gradual, Evangelio, incluso el Prefacio, se sucedían como se hace para preparar
la inmolación del Cordero sin mancha; pero después del triple Sanctus la
Iglesia suspendía estas solemnes fórmulas y su ministro procedía a la
santificación de los ramos que tenía delante. Ahora, después de la reciente
reforma, después del canto de la antífona Hosanna, estas ramas de árbol, objeto
de la primera parte de la función, reciben con una sola oración, acompañada de
la incensación y de la aspersión del agua bendita, «una virtud que los eleva al
orden sobrenatural y los hace a propósito para ayudar a la santificación de
nuestras almas y a la protección de nuestros cuerpos y de nuestras casas. Los
fieles deben tener con respeto estos ramos en sus manos durante la procesión y
colocarlos con honor en sus casas, como un signo de su fe y una esperanza en la
ayuda divina.
ANTIGÜEDAD DEL RITO
No es necesario explicar al
lector que las palmas y los ramos de olivo, que reciben en este momento la
bendición de la Iglesia, se llevan en memoria de aquellos con que el pueblo de
Jerusalén honró la marcha triunfal del Salvador, pero no está mal decir unas
palabras sobre la antigüedad de esta costumbre. Comenzó pronto en oriente y
probablemente en Jerusalén desde que la Iglesia gozó de paz. En el siglo iv San
Cirilo, obispo de esta ciudad, creía que la palmera que había suministrado sus
ramos al pueblo que vino al encuentro de Cristo, existía todavía en el valle
del Cedrón; nada más natural que tomar ocasión de esto para instituir un
aniversario conmemorativo de este suceso. En el siglo siguiente se establece esta
ceremonia, no solamente en las Iglesias orientales, sino también en los
monasterios de que estaban llenos los desiertos de Egipto y de Siria. Al
principio de cuaresma, muchos santos monjes obtenían de su Abad el permiso de
internarse en lo más recóndito del desierto para pasar este tiempo en profundo
retiro; pero debían volver al monasterio el domingo de Ramos, como se colige de
la vida de San Eutimio escrita por su discípulo Cirilo. En occidente tardó
bastante en establecerse este rito; el primer rastro que encontramos se halla
en el Sacramentarlo Gregoriano que se remonta al final del siglo vi o
principios del vii. A medida que la fe penetraba en el norte no era posible
solemnizar esta ceremonia en toda su integridad pues la palmera y el olivo no
arraigan en nuestro clima. Fué necesario reemplazarlas por ramos de otros
árboles; mas la Iglesia no permitió cambiar nada de las oraciones prescritas
para la bendición de estos ramos, pues los misterios expuestos en estas
hermosas oraciones, tienen su fundamento en el olivo y la palma del relato
evangélico, representados por nuestros ramos de boj y de laurel.
LA PROCESIÓN
El segundo rito de este día es
la célebre procesión que sigue a la bendición de los ramos. Tiene por objeto
representar la marcha del Salvador a Jerusalén y su entrada en esta ciudad; y,
para que nada falte en la imitación del relato del Santo Evangelio, los Ramos
que acaban de ser bendecidos son llevados por todos los que toman parte en esa
procesión. Entre los judíos era una señal de regocijo llevar en la mano ramos
de árboles; y la ley divina les autorizaba esta costumbre. Dios había dicho en
el Levítico al establecerla festividad de los Tabernáculos: "El primer día
tomaréis gajos de frutales hermosos, ramos de palmera, ramas de árboles frondosos,
de sauces de la ribera, y os regocijaréis ante Yavé, vuestro Dios" Para
testimoniar su entusiasmo por la llegada de Jesús ante los muros de la ciudad,
los habitantes de Jerusalén, incluso los niños, recurrieron a esta gozosa
demostración. Vayamos nosotros también delante de nuestro Rey y cantemos el
Hosanna a este vengador de la muerte y liberador de su pueblo.
Durante la Edad Media, en
muchas iglesias, se llevaba en esta procesión el libro de los Evangelios que
representaba a Jesucristo cuyas palabras contenía. Designado de antemano un
lugar y preparado para la estación, la Procesión se detenía: el diácono abría
entonces el sagrado libro y cantaba el relato de la entrada de Jesús en
Jerusalén. En seguida descubríase la Cruz que había permanecido velada hasta
aquel momento; todo el clero se postraba ante ella solemnemente y cada uno
depositaba a sus pies un fragmento del ramo que tenía en su mano. Se reanudaba
la procesión precedida de la Cruz, descubierta, hasta que el cortejo entra en
la iglesia. En Inglaterra y Normandía, desde el siglo xi, se practicaba un rito
altamente representativo de la escena que tuvo lugar en este día en Jerusalén.
En la procesión se llevaba triunfalmente la Sagrada Eucaristía. La herejía de
Berengario que negaba la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía acababa
de manifestarse en esta época. Y este triunfo de la Sagrada Forma era preludio
lejano de la Institución de la festividad y procesión del Santísimo Sacramento.
Siempre con la misma intención de renovar la costumbre evangélica, existe en
Jerusalén otra costumbre en la procesión de Ramos. Toda la comunidad de
Franciscanos que custodia los santos Lugares marchan de mañana a Betfagé. Allí
el P. Guardián de Tierra Santa, vestido de pontifical, sube sobre un asno revestido
con mantos, acompañado por los religiosos y católicos de Jerusalén, que llevan
todos palmas, ingresa en la ciudad y baja hasta la puerta de la iglesia del
Sto. Sepulcro donde se celebrará la Misa con toda pompa.
Hemos reunido aquí, como de
costumbre, los diferentes hechos con que puede elevarse la mente de los fieles
en los variados misterios litúrgicos; estas manifestaciones de fe les ayudarán
a comprender por qué la Iglesia quiere que, en la procesión de los Ramos, sea
honrado Jesucristo como presente al triunfo que ella le otorga en este día.
Busquemos por medio del amor "a este humilde y dulce Salvador que viene a
visitar a la hija de Sión", como dice el profeta. Aquí está en medio de
nosotros; a él se dirige el tributo de nuestros ramos; unámosle también el de
nuestros corazones. Se presenta para ser nuestro Rey; acojámosle y digamos:
Hosanna al hijo de David.
EVANGELIO DE LA PROCESIÓN
Mt 21, 1-9
Cuando se acercaban a Jerusalén
y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos
discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida
una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien
os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá
pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del
profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti,
humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron
los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la
borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La
multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y
alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna
en las alturas!».
LA ENTRADA EN LA IGLESIA
Antiguamente, hasta la última
reforma, el fin de la procesión iba acompañado de una ceremonia llena de un
profundo simbolismo. Al momento de entrar en la iglesia, el cortejo se hallaba
con las puertas cerradas. La marcha triunfal se detenía; pero los cantos de
alegría no se suspendían. Un himno especial a Cristo Rey resonaba a la puerta
de la iglesia, con su alegre estribillo, hasta que el subdiácono golpeando con
el asta de la cruz las puertas, conseguía que se abriesen, y el pueblo,
precedido del clero, entraba aclamando al único que es la Resurrección y la
vida.
El fin de esta escena era rememorar
la entrada del Salvador en otra Jerusalén, de la que la de la tierra no era
sino figura. Esta Jerusalén es la patria celestial cuya entrada Jesucristo nos
ha procurado. El pecado del primer hombre había cerrado sus puertas; pero
Jesús, el Rey de la gloria, las abrió por la virtud de su Cruz, ante la cual no
pudieron resistir.
Este mismo canto, en honor de
Cristo Rey, se ha conservado, pero la parada a la puerta de la iglesia ha
quedado suprimida. Prosigamos, pues, tras los pasos del Hijo de David, puesto
que él es el Hijo de Dios y nos invita a tomar parte en su reino. Así es como
la Iglesia en la procesión de los Ramos que no es otra cosa que la
conmemoración de los acontecimientos de aquel día, eleva nuestra mente al
misterio de la Ascensión por el que se pone fin, en el cielo, a la misión del
Hijo de Dios en la tierra. Pero ¡ay! los días intermedios entre ambos triunfos
no son todos días de alegría, y antes que termine la procesión la Iglesia, que
se ha levantado unos momentos de su tristeza, vuelve a gemir continuamente.
MISA
QUE SOLO PUEDE SER
OFICIADA SEGÚN LAS RÚBRICAS DE LA IGLESIA, QUE CONDENAN EL ACCIONAR IRREGULAR Y
ACATÓLICO DE CONCILIARES DEL VATICANO II, THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS
La tercera parte de la función
de hoy es el santo sacrificio. Todas sus melodías están rebosantes de
desaliento; la lectura de la Pasión, que va a tener lugar en seguida, señala el
punto culminante de la jornada. En el siglo v o vi la Iglesia adoptó para el
relato un recitado especial que se convirtió en un verdadero drama.
Primeramente el Cronista que relata los hechos de un modo grave y patético;
Cristo, en cambio, tiene un acento noble y suave que contrasta vivamente con el
tono elevado de los demás interlocutores y con los gritos del pueblo judío. En
el momento en que El se deja pisotear por los pecadores, llevado del amor que
nos tiene, entonces es cuando nosotros debemos gritar que es nuestro Dios y
nuestro Rey soberano. Estos son los ritos generales de este gran día; para la
completa inteligencia de las oraciones y lecturas insertamos, como solemos,
todos los detalles necesarios.
NOMBRES DADOS A ESTE DÍA
Este domingo, además de su
nombre litúrgico y popular de Domingo de Ramos o de Palmas, tiene el de Domingo
del Hosanna, a causa del grito triunfal con que los judíos saludaron la llegada
de Jesús. Nuestros padres le llamaron Domingo de Pascua florida, porque Pascua
que se celebrará dentro de ocho días, está hoy como en flor y los fieles pueden
empezar el cumplimiento pascual de la comunión anual desde este momento. Los
españoles, al descubrir el Domingo de Ramos de 1513 el vasto territorio vecino
de México le dieron el nombre de Florida en recuerdo de esta denominación.
También se llama a este domingo Capitilavium, es decir lava-cabezas porque en
los siglos medievales, los padres lavaban la cabeza de sus hijos nacidos en los
meses anteriores cuyo bautismo podían retrasar sin peligro hasta el Sábado
Santo, con el fln de que este día estuvieran decentes para ser ungidos con el
Santo Crisma. En épocas anteriores este domingo recibió, en algunas iglesias,
el nombre de Pascua de los Competentes. Se llamaba competentes a los
catecúmenos admitidos al bautismo. Se reunían hoy en la Iglesia y se les
explicaba detenidamente el símbolo que les habían explicado en el precedente
escrutinio. En la Iglesia mozárabe española se les explicaba sólo este día. Por
fin, los griegos le designaron con el nombre de Baiphore, es decir Porta-Palma.
MISA
La Estación, en Roma, se
celebraba en la Basílica de Letrán, madre y maestra de todas las demás
iglesias; con todo, hoy, la función papal se realiza en San Pedro.
Esta derogación no va en
perjuicio de los derechos de la Archi-Basílica que antiguamente, recibía el
honor de la presencia del Sumo Pontífice, y que ha conservado las indulgencias
concedidas a aquellos a quienes la visitan hoy.
INTROITO
Señor, no alejes tu auxilio de
mí: atiende a mi defensa: líbrame de la boca del león, y salva mi vida del
cuerno de los unicornios. — Salmo: Oh Dios, Dios mío, mira hacia mí: ¿por qué
me has desamparado? Las voces de mis delitos me alejan de mi salud. — Señor, no
alejes...
En la colecta la Iglesia pide
para todos la gracia de imitar la paciencia y la humildad del Salvador.
Jesucristo sufre y se abaja por el hombre pecador; es justo que el hombre se
aproveche de este ejemplo y procure su salvación por los medios que le da a
conocer la conducta del Salvador. En la misa solemne el preste se acerca al
altar y, omitiendo el salmo lúdica roe, Deus, y el Confíteor, sube
inmediatamente al altar, lo besa en el centro y lo inciensa.
COLECTA
Omnipotente y sempiterno Dios,
que, para ofrecer al género humano un ejemplo de humildad, hiciste que nuestro
Salvador tomase carne y padeciese la cruz: concédenos propicio la gracia de
comprender las lecciones de su paciencia y de participar de su resurrección.
Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
EPÍSTOLA
Lección de la Epístola del
Apóstol San Pablo a los Filipenses (II, 5-11).
Hermanos: Sentid de vosotros
como Cristo Jesús de sí mismo: el cual, siendo de la misma naturaleza de Dios,
no creyó que era una rapiña el ser igual a Dios: y, a pesar de ello, se déspojó
de sí mismo, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y
hallado en lo exterior como hombre Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta
la muerte, hasta la muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó, y le dió un
nombre, que es sobre todo nombre: (aquí se arrodilla) para que en el nombre de
Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y
toda lengua confiese que el Señor, Jesucristo, está en la gloria de Dios Padre.
HUMILLACIÓN Y GLORIA DE JESÚS
La Iglesia prescribe que
doblemos la rodilla en el trozo de esta Epístola en que el Apóstol dice que
todo ser creado debe humillarse al pronunciar el nombre de Jesús. Acabamos de
cumplir esta prescripción. Comprendamos que si hay alguna época en el año en que
el Hijo de Dios tenga derecho a nuestras más profundas adoraciones, es
justamente esta en que su Majestad es violada y en que le vemos pisoteado por
los pecadores. Nuestros corazones deben necesariamente enternecerse y
compadecerse al contemplar los dolores que sufre por nosotros. Pero no debemos
sentir menos los ultrajes y las indignidades de que es colmado aquel que es
igual al Padre y Dios como él. Démosle, al menos mientras estamos unidos a él,
por medio de nuestras humillaciones, la gloria de que se ha despojado para
reparar nuestro orgullo y nuestra rebeldía y unámonos a los santos ángeles que,
testigos de todo lo que ha aceptado por amor al hombre, se anonadan
profundamente tanto más cuanto ven la ignominia a la que se redujo.
En el Gradual la Iglesia se
sirve de las palabras del Real Profeta que predice la grandeza futura de la
víctima del Calvario pero que, al mismo tiempo, confiesa cómo había desgarrado
su alma la seguridad con que los judíos cometerían el deicidio.
GRADUAL
Tuviste mi mano derecha: y me
guiaste según tu voluntad: y me recibiste con gloria. R. ¡Qué bueno es el Dios
de Israel para los rectos de corazón! Mis pies casi vacilaron, casi se
extraviaron mis pasos: porque envidié a los pecadores, al ver la paz de los
malvados.
El Tracto lo constituye una
parte considerable del Ps. XXI de cuyas primeras palabras Jesucristo se sirvió
en la Cruz y que es más una historia de la Pasión que una profecía; tan claras
y evidentes son sus alusiones.
TRACTO
Oh Dios, Dios mío, mira hacia
mí: ¿por qué me has desamparado? R. Las voces de mis delitos me alejan de mí la
salud. R. Oh Dios mío, clamaré durante el día, y no me oiréis: y durante la
noche, y no habrá para mí descanso. R. Pero tú habitas en el santuario, eres la
alabanza de Israel. R. En ti esperaron nuestros padres: esperaron, y los
libertaste. R. A ti clamaron, y se salvaron: en ti confiaron, y no fueron
confundidos. R. Pero yo soy un gusano, y no un hombre: el oprobio de los
hombres, y la abyección de la plebe. R. Todos los que me ven, me desprecian:
estiran los labios, y mueven la cabeza (diciendo): R. Ha esperado en el Señor,
líbrele ahora: sálvele, si es que le quiere. R. Ellos me observaron y
contemplaron, dividieron entre sí mis vestiduras, echaron a suertes mi túnica.
R. Líbrame de la boca del león: y salva mi vida del cuerno de los unicornios.
R.. Los que teméis al Señor, alabadle: raza toda de Jacob, engrandécele. R.
Pertenecerá al Señor la generación venidera: y pregonarán los cielos su
justicia. R. Al pueblo que nacerá, que hizo el Señor.
Ya es hora de oír el relato de
la pasión de nuestro Salvador. La Iglesia lee la narración de los cuatro
evangelios en cuatro días diferentes de esta semana. Comienza hoy con la de San
Mateo, el primero que escribió la narración de la vida y muerte del
Salvador.
EVANGELIO
Continuación del santo
Evangelio según San Mateo (XXVI, 1-75 - XXVII, 1-6)
En aquel tiempo: Dijo Jesús a
sus discípulos: “La Pascua, como sabéis, será dentro de dos días, y el Hijo del
hombre va a ser entregado para que lo crucifiquen”. Entonces los jefes de los
sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del pontífice
que se llamaba Caifás; y deliberaron prender a Jesús con engaño, y darle
muerte. Pero, decían: “No durante la fiesta, para que no haya tumulto en el
pueblo”. Ahora bien, hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso,
una mujer se acercó a Él, trayendo un vaso de alabastro, con ungüento de mucho
precio, y lo derramó sobre la cabeza de Jesús, que estaba a la mesa. Los
discípulos, viendo esto, se enojaron y dijeron: “¿Para qué este desperdicio? Se
podía vender por mucho dinero, y darlo a los pobres”. Mas Jesús, notándolo, les
dijo: “¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una buena obra conmigo. Porque
a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a Mí no me tenéis siempre.
Al derramar este ungüento sobre mi cuerpo; lo hizo para mi sepultura. En
verdad, os digo, en el mundo entero, dondequiera que fuere predicado este
Evangelio, se contará también, en su memoria, lo que acaba de hacer”. Entonces
uno de los Doce, el llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes, y
dijo: “¿Qué me dais, y yo os lo entregaré?” Ellos le asignaron treinta monedas
de plata. Y desde ese momento buscaba una ocasión para entregarlo. El primer
día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús, y le preguntaron:
“¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”. Les respondió: a la
ciudad, a cierto hombre, y decidle: “El Maestro te dice: Mi tiempo está cerca,
en tu casa quiero celebrar la Pascua con mis discípulos”. Los discípulos
hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua. Y llegada la
tarde, se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían les dijo: “En verdad, os
digo, uno de vosotros me entregará”. Y entristecidos en gran manera, comenzaron
cada uno a preguntarle: “¿Seré yo, Señor?” Mas Él respondió y dijo: “El que
conmigo pone la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va,
como esta escrito de Él, pero ¡ay de aquel hombre, por quien el Hijo del hombre
es entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido”. Entonces Judas, el
que le entregaba, tomó la palabra y dijo: “¿Seré yo, Rabí?” Le respondió: “Tú
lo has dicho”. Mientras comían, pues, ellos, tomando Jesús pan, y habiendo
bendecido partió y dio a los discípulos diciendo: “Tomad, comed, éste es el
cuerpo mío”. Y tomando un cáliz, y habiendo dado gracias, dio a ellos,
diciendo: “Bebed de él todos, porque ésta es la sangre mía de la Alianza, la
cual por muchos se derrama para remisión de pecados. Os digo: desde ahora no
beberé de este fruto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros,
nuevo, en el reino de mi Padre”. Y entonado el himno, salieron hacia el Monte
de los Olivos. Entonces les dijo Jesús: “Todos vosotros os vais a escandalizar
de Mí esta noche, porque está escrito: ‘Heriré al pastor, y se dispersarán las
ovejas del rebaño’. Mas después que Yo haya resucitado, os precederé en
Galilea”. Respondióle Pedro y dijo: “Aunque todos se escandalizaren de Ti, yo
no me escandalizaré jamás”. Jesús le respondió: “En verdad, te digo que esta
noche, antes que el gallo cante, tres veces me negarás”. Replicóle Pedro:
“¡Aunque deba contigo morir, de ninguna manera te negaré!” Y lo mismo dijeron
también todos los discípulos. Entonces, Jesús llegó con ellos al huerto llamado
Getsemaní, y dijo a los discípulos: “Sentaos aquí, mientras voy allí y hago
oración”, y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos dé Zebedeo, comenzó a
entristecerse y a angustiarse. Después les dijo: “Mi alma está triste, mortalmente;
quedaos aquí y velad conmigo”. Y adelantándose un poco, se postró con el rostro
en tierra, orando y diciendo: “Padre mío, si es posible, pase este cáliz lejos
de Mí; mas no como Yo quiero, sino como Tú”. Y yendo hacia los discípulos, los
encontró durmiendo. Entonces dijo a Pedro: “¿No habéis podido, pues, una hora
velar conmigo? Velad y orad, para que no entréis en tentación. El espíritu,
dispuesto (está), mas la carne, es débil”. Se fue de nuevo, y por segunda vez,
oró así: “Padre mío, si no puede esto pasar sin que Yo lo beba, hágase la
voluntad tuya”. Y vino otra vez y los encontró durmiendo; sus ojos estaban, en
efecto, cargados. Los dejó, y yéndose de nuevo, oró una tercera vez, diciendo
las mismas palabras. Entonces, vino hacia los discípulos y les dijo: “¿Dormís
ahora y descansáis?”. He aquí que llegó la hora y el Hijo del Hombre es
entregado en manos de pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Mirad que ha llegado el
que me entrega”. Aun estaba hablando y he aquí que Judas, uno de los Doce,
llegó acompañado de un tropel numeroso con espadas y palos, enviado por los
sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta
señal: “Aquel a quien yo daré un beso, ése es; sujetadle”. En seguida se
aproximó a Jesús y le dijo: “¡Salud, Rabí!”, y lo besó. Jesús le dijo: “Amigo,
¡a lo que vienes!”. Entonces, se adelantaron, echaron mano de Jesús, y lo
prendieron. Y he aquí que uno de los que estaban con Jesús llevó la mano a su
espada, la desenvainó y dando un golpe al siervo del sumo sacerdote, le cortó
la oreja. Díjole, entonces, Jesús: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos
los que empuñan la espada, perecerán a espada. ¿O piensas que no puedo rogar a
mi Padre, y me dará al punto más de doce legiones de ángeles? ¿Mas, cómo
entonces se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?”. Al punto dijo
Jesús a la turba: “Como contra un ladrón habéis salido, armados de espadas y
palos, para prenderme. Cada día me sentaba en el Templo para enseñar, ¡y no me
prendisteis! Pero todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que escribieron
los profetas”. Entonces los discípulos todos, abandonándole a Él, huyeron. Los
que habían prendido a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote,
donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro lo había seguido de
lejos hasta el palacio del sumo sacerdote, y habiendo entrado allí, se hallaba
sentado con los satélites para ver cómo terminaba eso. Los sumos sacerdotes, y
todo el Sanhedrín, buscaban un falso testimonio contra Jesús para hacerlo
morir; y no lo encontraban, aunque se presentaban muchos testigos falsos.
Finalmente se presentaron dos, que dijeron: “Él ha dicho: “Yo puedo demoler el
templo de Dios, y en el espacio de tres días reedificarlo”. Entonces, el sumo
sacerdote se levantó y le dijo: “¿Nada respondes? ¿Qué es eso que éstos
atestiguan contra Ti?” Pero Jesús callaba. Díjole, pues, el sumo sacerdote: “Yo
te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si Tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Y Yo os digo: desde este momento
veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las
nubes del cielo”. Entonces, el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, y dijo:
“¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ahora mismo, vosotros
habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?” Contestaron diciendo: “Merece la
muerte”. Entonces lo escupieron en la cara, y lo golpearon, y otros lo
abofetearon, diciendo: “Adivínanos, Cristo, ¿quién es el que te pegó?”. Pedro,
entretanto, estaba sentado fuera, en el patio; y una criada se aproximó a él y
le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Galileo”. Pero él lo negó delante de
todos, diciendo: “No sé qué dices”. Cuando salía hacia la puerta, otra lo vio y
dijo a los que estaban allí: “Éste andaba con Jesús el Nazareno”. Y de nuevo lo
negó, con juramento, diciendo: “Yo no conozco a ese hombre”. Un poco después,
acercándose los que estaban allí de pie, dijeron a Pedro: ¡Ciertamente, tú
también eres de ellos, pues tu habla te denuncia!” Entonces se puso a echar imprecaciones
y a jurar: “Yo no conozco a ese hombre”. Y en seguida cantó un gallo, y Pedro
se acordó de la palabra de Jesús: “Antes que el gallo cante, me negarás tres
veces”. Y saliendo afuera, lloró amargamente. Llegada la madrugada, todos los
jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tuvieron una deliberación
contra Jesús para hacerlo morir. Y habiéndolo atado, lo llevaron y entregaron a
Pilato, el gobernador. Entonces viendo Judas, el que lo entregó, que había sido
condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de
plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé, entregando
sangre inocente”. Pero ellos dijeron: “A nosotros ¿qué nos importa? tú verás”.
Entonces, él arrojó las monedas en el Templo, se retiró y fue a ahorcarse. Mas
los sumos sacerdotes, habiendo recogido las monedas, dijeron: “No nos es lícito
echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre”. Y después
de deliberar, compraron con ellas el campo del Alfarero para sepultura de los
extranjeros. Por lo cual ese campo fue llamado Campo de Sangre, hasta el día de
hoy. Entonces, se cumplió lo que había dicho el profeta Jeremías: “Y tomaron
las treinta monedas de plata, el precio del que fue tasado, al que pusieron
precio los hijos de Israel, y las dieron por el Campo del Alfarero, según me
ordenó el Señor”. Entretanto, Jesús compareció delante del gobernador, y el
gobernador le hizo esta pregunta: “¿Eres Tu el rey de los judíos?” Jesús le
respondió: “Tú lo dices”. Y mientras los sumos sacerdotes y los ancianos lo
acusaban, nada respondió. Entonces, Pilato le dijo: “¿No oyes todo esto que
ellos alegan contra Ti?” Pero Él no respondió ni una palabra sobre nada, de
suerte que el gobernador estaba muy sorprendido. Ahora bien, con ocasión de la
fiesta, el gobernador acostumbraba conceder al pueblo la libertad de un preso,
el que ellos quisieran. Tenían a la sazón, un preso famoso, llamado Barrabás.
Estando, pues, reunido el pueblo, Pilato les dijo: “¿A cuál queréis que os
suelte, a Barrabás o a Jesús, el que se dice Cristo?”, porque sabía que lo
habían entregado por envidia. Mas mientras él estaba sentado en el tribunal, su
mujer le mandó decir: “No tengas nada que ver con ese justo, porque yo he
sufrido mucho hoy, en sueños, por Él”. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos
persuadieron a la turba que pidiese a Barrabás, y exigiese la muerte de Jesús.
Respondiendo el gobernador les dijo: “¿A cuál de los dos queréis que os
suelte?” Ellos dijeron: “A Barrabás”. Díjoles Pilato: “¿Qué haré entonces con
Jesús, el que se dice Cristo?” Todos respondieron: “¡Sea crucificado!” Y cuando
él preguntó: “Pues ¿qué mal ha hecho?”, gritaron todavía más fuerte, diciendo:
“¡Sea crucificado!” Viendo Pilato, que nada adelantaba, sino que al contrario
crecía el clamor, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo diciendo:
“Yo soy inocente de la sangre de este justo. Vosotros veréis”. Y respondió todo
el pueblo diciendo: “¡La sangre de Él, sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”
Entonces, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo
entregó para que fuese crucificado. Entonces, los soldados del gobernador
llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de Él toda la guardia. Lo
despojaron de los vestidos y lo revistieron con un manto de púrpura. Trenzaron
también una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza, y una caña en
su derecha; y doblando la rodilla delante de Él, lo escarnecían, diciendo:
“¡Salve, rey de los judíos!”; y escupiendo sobre Él, tomaban la caña y lo golpeaban
en la cabeza. Después de haberse burlado de Él, le quitaron el manto, le
pusieron sus vestidos, y se lo llevaron para crucificarlo. Al salir,
encontraron a un hombre de Cirene, de nombre Simón; a éste lo requisaron para
que llevara la cruz de Él. Y llegados a un lugar llamado Gólgota, esto es, “del
Cráneo”, le dieron a beber vino mezclado con hiel; y gustándolo, no quiso
beberlo. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes.
Y se sentaron allí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron, por escrito, la
causa de su condenación: “Este es Jesús el rey de los judíos”. Al mismo tiempo
crucificaron con Él a dos ladrones, uno a la derecha, otro a la izquierda. Y
los transeúntes lo insultaban meneando la cabeza y diciendo: “Tú que derribas
el Templo, y en tres días lo reedificas, ¡sálvate a Ti mismo! Si eres el Hijo
de Dios, ¡bájate de la cruz!” De igual modo los sacerdotes se burlaban de Él
junto con los escribas y los ancianos, diciendo: “A otros salvó, a sí mismo no
puede salvarse. Rey de Israel es: baje ahora de la cruz, y creeremos en Él.
Puso su confianza en Dios, que Él lo salve ahora, si lo ama, pues ha dicho: “De
Dios soy Hijo”. También los ladrones, crucificados con Él, le decían las mismas
injurias. Desde la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la
hora nona. Y alrededor de la hora nona, Jesús clamó a gran voz, diciendo:
“¡Elí, Elí, ¿lama sabactani?”, esto es: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has
abandonado?”. Al oír esto, algunos de los que estaban allí dijeron: “A Elías
llama éste”. Y en seguida uno de ellos corrió a tomar una esponja, que empapó
en vinagre, y atándola a una caña, le presentó de beber. Los otros decían:
“Déjanos ver si es que viene Elías a salvarlo”. Mas Jesús, clamando de nuevo,
con gran voz, exhaló el espíritu. Y he ahí que el velo del templo se rasgó en
dos, de arriba abajo; tembló la tierra, se agrietaron las rocas, se abrieron
los sepulcros y los cuerpos de muchos santos difuntos resucitaron. Y, saliendo
del sepulcro después de la resurrección de Él, entraron en la Ciudad Santa, y
se aparecieron a muchos. Entretanto, el centurión y sus compañeros que
guardaban a Jesús, viendo el terremoto y lo que había acontecido, se llenaron
de espanto y dijeron: “Verdaderamente, Hijo de Dios era este”. Había también
allí muchas mujeres que miraban de lejos; las cuales habían seguido a Jesús
desde Galilea, sirviéndole. Entre ellas se hallaban María la Magdalena, María
la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. Llegada la
tarde, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, el cual también era
discípulo de Jesús. Se presentó delante de Pilato y pidió el cuerpo de Jesús.
Entonces Pilato mandó que se le entregase. José tomó, pues, el cuerpo, lo
envolvió en una sábana limpia, y lo puso en el sepulcro suyo, nuevo, que había
hecho tallar en la roca. Después rodó una gran piedra sobre la entrada del
sepulcro, y se fue. Estaban allí María la Magdalena y la otra María, sentadas
frente al sepulcro. Al otro día, el siguiente de la Preparación, los sumos
sacerdotes y los fariseos se reunieron y fueron a Pilato, a decirle: “Señor,
recordamos que aquel impostor dijo cuando vivía: “A los tres días resucitare”.
Manda, pues, que el sepulcro sea guardado hasta el tercer día, no sea que sus
discípulos vengan a robarlo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los
muertos”, y la última impostura sea peor que la primera”. Pilato les dijo:
“Tenéis guardia. Id, guardadlo corno sabéis”. Ellos, pues, se fueron y
aseguraron el sepulcro con la guardia, después de haber sellado la piedra.
El Ofertorio es una nueva
profecía de David. Anuncia el abandono del Mesías en medio de sus congojas y la
ferocidad de sus enemigos que para saciar su hambre le darán a beber hiél y
vinagre. De este modo fué tratado aquel que nos da su cuerpo para comida y su
sangre para bebida.
OFERTORIO
Improperio y miseria sufrió mi
corazón: y esperé a que alguien se contristase conmigo, y no le hubo: busqué a
uno, que me consolara, y no le hallé: y me dieron de comida hiél, y en mi sed
me abrevaron con vinagre.
En la Secreta se pide a Dios el
doble fruto de la Pasión para sus siervos: la gracia en esta vida y la gloria
en el cielo.
SECRETA
SuplicámIoste, Señor, hagas que
el don ofrecido a los ojos de tu Majestad nos obtenga la gracia de la devoción,
y nos adquiera el efecto de la dichosa perennidad. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
En la antífona de la Comunión,
la Iglesia, que acaba de sumir con el cáliz de la salud, la vida de Cristo,
hace alusión a aquel otro cáliz que Cristo bebió para hacernos partícipes de la
bebida de la inmortalidad.
COMUNIÓN.
— REALIZAR LA COMUNIÓN ESPIRITUAL, VERDADERA COMUNIÓN [1]
Padre, si no puede pasar este
cáliz sin que yo le beba, hágase tu voluntad.
La Iglesia pone fin a las
súplicas del sacrificio que acaba de ofrecer implorando el perdón de los
pecados para todos sus hijos, y el cumplimiento del deseo que tienen de tomar
parte en la gloriosa resurrección del Hombre Dios.
POSCOMUNIÓN
Haz, Señor, que, por la virtud
de este Misterio, sean purificados nuestros pecados y se cumplan nuestros
anhelos. Por el Señor.
LÁGRIMAS DE JESÚS
Pongamos fin a esta jornada del
Redentor en la ciudad de Jerusalén recordando algunos otros hechos de
importancia. San Lucas nos enseña que durante la marcha triunfal de Jesús hacia
la ciudad ocurrió que antes de entrar en ella Cristo comenzó a llorar sobre
Jerusalén, y desahogó su dolor en estos términos: "¡Oh si al menos en este
día conocieses lo que podría darte la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos,
porque días vendrán sobre ti, y te rodearán de trincheras tus enemigos, y te
cercarán y te estrecharán por todas partes y te echarán por tierra a ti y a los
hijos que tienes dentro, y no dejarán piedra sobre piedra por no haber conocido
el tiempo de tu visita"'. Hace unos días el santo Evangelio nos mostró a
Jesús llorando ante la tumba de Lázaro; hoy vuelve a derramar lágrimas al
contemplar a Jerusalén. En Betania lloraba al pensar en la muerte del cuerpo,
castigo del pecado; pero esta muerte tiene remedio. Jesús es "la
resurrección y la vida, y aquel que cree en él no morirá para siempre" El
estado de Jerusalén en cambio, es una figura de la muerte espiritual; y esta
muerte no tiene remedio, si el alma no viene a tiempo al autor de la vida. He
aquí por qué las lágrimas que Jesús derrama hoy se hacen tan amargas. En medio
de las aclamaciones de que es objeto al entrar en la ciudad de David, su
corazón está oprimido por la tristeza; porque sabe él mejor que nadie "que
no conocieron el tiempo de su visita". Consolemos al corazón del Redentor
y hagámonos su ciudad fiel.
VUELTA A BETANIA
Sabemos por San Mateo que el
Salvador finalizó este día en Betania. Su presencia suspende las inquietudes de
su madre y tranquiliza a la familia de Lázaro. En Jerusalén no hubo nadie que
le hospedase; al menos el Evangelio no hace mención de ello. Todos los que
mediten la vida de Nuestro Señor pueden hacerse esta consideración: Jesús
honrado por la mañana con magnífico triunfo, por la tarde se ve obligado a
buscar hospedaje fuera de la ciudad que le había recibido con tanto fervor.
Entre las carmelitas descalzas existe la tradición de ofrecer al Salvador una
reparación por el abandono que sufrió de parte de los habitantes de Jerusalén.
Se prepara en medio del refectorio una mesa, colocando en ella una ración de la
comida; después de la refección de la comunidad se ofrece esa ración a Jesús y
se distribuye entre sus miembros, los pobres.
—DOM
PRÓSPERO GUÉRANGER, El Año Litúrgico, Primera Edición Española Traducida Y
Adaptada Para Los Países Hispano-Americanos Por Los Monjes De Santo Domingo De
Silos.
NIHIL
OBSTAT: F.R. FRANCISCVS SÁNCHEZ. 0. S. H. Censor ordinis.
IMPRIMATVR:
P. ISAAC M. TORIBIOS, Abbas Silensis, Ex Monasterio Sancti Dominici de Silos,
die 7.I.1953
[1] COMUNIÓN ESPIRITUAL, VERDADERA COMUNIÓN: https://www.facebook.com/photo?fbid=381902818003537&set=a.235028616024292


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