EL SANTO DÍA DE NAVIDAD
FIN DE LA VIGILIA
El día feliz de la Vigilia de Navidad toca a su fin. La Iglesia ha
clausurado ya los Oficios divinos propios del Adviento con la celebración del
gran Sacrificio. Con maternal clemencia ha permitido a sus hijos quebrantar
desde medio día el ayuno preparativo; los fieles se han sentado a la frugal
mesa con una alegría espiritual que los hace sentir de antemano la que invadirá
sus corazones en la noche que les va a traer al divino Emmanuel.
Mas, una fiesta tan solemne como la de mañana debe comenzar desde el día
anterior, como acostumbra hacerlo la Iglesia en sus festividades. Dentro de
unos momentos va a llamar la Iglesia a los cristianos al templo para el Oficio
de las Primeras Vísperas, en el que se ofrece a Dios el incienso de la tarde.
El esplendor de las ceremonias y la magnificencia de los cantos van a preparar
a las almas para las emociones de amor y gratitud que las dispondrán a recibir
las gracias en el momento supremo.
En espera de la llamada que nos ha de invitar a la casa de Dios,
aprovechemos los instantes que nos quedan para ahondar en el misterio de tan
gran día y, en los sentimientos que embargan a la Santa Iglesia en esta fiesta,
y en las tradiciones católicas que tanto ayudaron a que la celebraran
dignamente nuestros antepasados.
SERMÓN DE SAN GREGORIO NACIANCENO
Primeramente, escuchemos la voz de los santos Padres que resuena con un
énfasis y una elocuencia capaces de despertar a toda alma que no esté muerta.
He aquí en primer lugar a San Gregorio el Teólogo, Obispo de Nacianzo, en su
discurso treinta y ocho dedicado a la Teofanla o Nacimiento del Salvador:
¿quién será capaz de permanecer frío oyendo sus palabras?
"Cristo nace; ensalzadle. Cristo baja del cielo; salidle al encuentro.
Cristo está ya en la tierra; oh hombres, elevaos. Cante al Señor toda la tierra
y para decirlo todo en una sola palabra: Alégrense los cielos y salte de gozo
la tierra por causa de Aquel que es al mismo tiempo del cielo y de la tierra.
Cristo se viste con nuestra carne, estremeced de temor y alegría: de temor por
razón de vuestros pecados, de alegría por la esperanza. Cristo nace de una
Virgen; mujeres, honrad la virginidad para que lleguéis a ser Madres de Cristo.
¿Quién no adorará al que existió eternamente? ¿quién no alabará y ensalzará
al que acaba de nacer? He aquí que se deshacen las tinieblas; es creada la luz;
Egipto permanece en las sombras, e Israel es alumbrado por la columna luminosa.
El pueblo que estaba sentado en las tinieblas de la ignorancia ve el resplandor
de una profunda ciencia. Ha terminado lo antiguo; todo es ya nuevo. Le letra
huye, triunfa el espíritu; las sombras han pasado; la verdad ha hecho su
aparición. La naturaleza ve sus leyes violadas; ha llegado el momento de poblar
el mundo celestial: Cristo manda; guardémonos de oponer resistencia.
Aplaudid, naciones todas: porque un Niño nos ha sido dado, un Hijo nos ha
nacido. La señal de su principado está sobre sus espaldas: porque la cruz ha de
ser el instrumento de su exaltación; su nombre es Ángel del gran consejo, es
decir, del consejo paterno.
Ya puede San Juan exclamar: ¡Preparad el camino del Señor! En cuanto a mí,
quiero publicar la magnificencia de tan gran día: El incorpóreo se encarna; el
Verbo toma carne; el Invisible se deja ver de nuestros ojos, el Impalpable se
deja tocar: el que no conoce el tiempo, toma principio en él; el Hijo de Dios
se hace hijo del hombre. Jesucristo fué ayer; es hoy, y será siempre.
Escandalícese el Judío; mófese el Griego, muévase la lengua del hereje su boca
impura. También, ellos creerán por fin en el Hijo de Dios, cuando le vean subir
al cielo; y, si aún entonces se niegan hacerlo, creerán cuando baje del cielo
para juzgarlos en su tribunal justiciero".
SERMÓN DE SAN BERNARDO
Oigamos ahora, en la Iglesia latina, al piadoso San Bernardo, que, en el
Sermón VI de la Vigilia de Navidad derrama una dulce alegría en sus melodiosas
palabras.
"Acabamos de oír una noticia llena de gracia y a propósito para ser
recibida con transportes de alegría: Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de
Judea. Mi alma se ha derretido al oír esta frase; mi espíritu se agita dentro
de mí, obligándome a comunicaros esta felicidad. Jesús quiere decir Salvador:
¿Hay algo más necesario que un Salvador para los que estaban perdidos, más
deseable para los desgraciados, más conveniente para los que carecían de
esperanza? ¿Dónde estaba la salvación, dónde ni siquiera la esperanza de
salvación por ligera que fuese, bajo esa ley de pecado, en ese cuerpo de muerte,
en medio de esa maldad, en esa mansión de llanto, si la salvación no hubiese
nacido de repente y contra toda esperanza? ¡Oh hombre, deseas ciertamente la
salud; pero conociendo tu debilidad y tu flaqueza, temes la dureza del
tratamiento! No temas: Cristo es dulce y suave; inmensa su misericordia; por
ser Cristo, ha recibido la unción para derramarla sobre tus heridas. Mas, al
decirte que es dulce, no vayas a creer que carece de poder; porque se añade que
es Hijo de Dios. Saltemos, pues, de gozo repasando dentro de nosotros mismos y
pronunciando esa dulce frase, esa suave palabra: ¡Jesucristo, Hijo de Dios,
nace en Belén de Judea!"
SERMÓN DE SAN EFRÉN
Es, pues, un gran día el del Nacimiento del Salvador: día esperado por el
género humano durante miles de años; esperado por la Iglesia en esas cuatro
semanas de Adviento, de tan grato recuerdo; esperado por la naturaleza entera,
que, a su llegada, vuelve a ver todos los años el triunfo del sol material
sobre las tinieblas siempre crecientes. El gran Doctor de la Iglesia Siria, San
Efrén, celebra con entusiasmo el encanto y la fecundidad de este misterioso
día; tomemos sólo una muestra de esa divina poesía y digamos con él:
"Dignáos, Señor, permitirnos celebrar hoy el día propio de tu
natalicio, que la fiesta de hoy nos trae a la memoria. Este día es semejante a
Ti; es amigo de los hombres. Vuelve anualmente a través de los siglos; envejece
con los viejos y se rejuvenece con el niño que acaba de nacer. Todos los años
nos visita y pasa, para volver con nuevos atractivos. Sabe que la naturaleza
humana no podría prescindir de él; lo mismo que Tú, trata de ayudar a nuestra
raza en peligro. Todo el mundo, Señor, ansia el día de tu nacimiento; este
feliz día lleva en sí todos los siglos venideros; es uno y se multiplica. Sea,
pues, semejante a Ti también este año, y tráiganos la paz entre el cielo y la
tierra. Si todos los días son testigos de tu magnanimidad, ¿cuánto más deberá
serlo éste?
Los demás días del año toman de él su belleza. y las fiestas que van a seguir
le deben la dignidad y el esplendor con que brillan. El día de tu nacimiento es
un tesoro, Señor, un tesoro destinado a pagar la deuda común. Bendito sea el
día que nos ha hecho ver el sol a los que andábamos errantes en la noche
oscura; que nos ha traído la mies divina con la que nadaremos en la abundancia;
que nos ha dado la rama de la viña, abundante en el líquido de salvación que
nos comunicará a su debido tiempo. En medio del invierno que priva a los
árboles de sus frutos, la viña se ha revestido de una exuberante vegetación; en
la estación del hielo, el tallo ha brotado de la raíz de Jesé. En diciembre, en
este mes que guarda todavía en sus entrañas la semilla que se le confió, es
cuando la espiga de nuestra salvación se yergue del seno de la Virgen, a donde
había bajado en los días de la primavera, cuando los corderuelos triscan por
las praderas."
No es, pues, de extrañar que este día haya sido privilegiado en la economía
del tiempo, y hasta vemos con satisfacción que las mismas naciones paganas presienten
en sus calendarios la gloria que le estaba reservada en el curso de los siglos.
Hemos visto también que no fueron los Gentiles los únicos en prever
misteriosamente las relaciones del divino Sol de justicia con el astro caduco
que ilumina y da calor al mundo; los santos Doctores y la Liturgia entera
hablan continuamente de esta inefable armonía.
BAUTISMO DE CLODOVEO
Con el fin de grabar más hondamente la importancia de tan sagrado día en la
memoria de los pueblos cristianos de Europa, pueblos de elección en los
designios misericordiosos de Dios, el soberano Señor de los acontecimientos
quiso que el reino de los Francos naciera el día de Navidad (496), cuando en el
Baptisterio de Reims, en medio de las pompas de esta solemnidad, Clodoveo, el fiero
Sicambro, convertido en dulce cordero, fue sumergido por San Remigio en la
fuente de salvación, de la que salió para fundar la primera monarquía católica
entre las nuevas naciones, ese reino de Francia, el más bello, se ha dicho,
después del cielo.
LA CONVERSIÓN DE INGLATERRA
Un siglo después (597) sucedía algo parecido al pueblo anglosajón. El
Apóstol de la isla de los Bretones, el monje San Agustín, después de haber
convertido a la religión verdadera al rey Etelredo, seguía conquistando almas.
Dirigiéndose hacia York, predicaba la palabra de vida, y un pueblo entero se
reunía pidiendo el Bautismo. Fué fijado el día de Navidad para la regeneración
de los nuevos discípulos de Cristo; y el río que corre bajo las murallas de la
ciudad fué elegido para servir de fuente bautismal a aquel ejército de
catecúmenos. Diez mil hombres, sin contar mujeres y niños, bajan a las aguas
cuya corriente debe llevarse la impureza de sus almas. La crudeza del tiempo no
es capaz de detener a aquellos nuevos pero fervientes discípulos del Niño de
Belén, los cuales desconocían hasta su nombre pocos días antes. Un ejército
completo de neófitos sale radiante de alegría e inocencia del seno de las olas
heladas, y el día de su Nacimiento cuenta Cristo una nación más bajo su imperio.
Mas no bastará esto todavía al Señor, empeñado en la tarea de honrar el día
del Nacimiento de su Hijo.
LA CORONACIÓN DE CARLOMAGNO
Otro ilustre nacimiento debía aún embellecer este feliz aniversario. En
Roma, en la Basílica de San Pedro, y en la fiesta de Navidad del año 800, nacía
el Sacro Imperio Romano, al que estaba reservada la misión de propagar el reino
de Cristo en las regiones bárbaras del Norte, y mantener la unidad europea,
bajo la dirección del Romano Pontífice. San León III colocaba en este día la
corona imperial sobre la cabeza de Carlomagno; y la tierra, admirada, volvía a
contemplar a un César, un Augusto, no un César o un Augusto sucesor de los
Césares y Augustos de la Roma pagana, sino investido de esos gloriosos títulos
por el Vicario de Aquel que en las profecías se llama Rey de reyes y Señor de
los señores.
LA GLORIA DEL DÍA DE NAVIDAD
De este modo ha querido Dios hacer brillar a los ojos de los hombres la
gloria del real Niño que ha nacido hoy; así ha dispuesto de cuando en cuando, a
través de los siglos, esos ilustres aniversarios de la Natividad que da gloria
a Dios y paz a los hombres.
Los siglos venideros podrán decir cómo se reserva aún el Altísimo el
derecho de glorificar en este día su nombre y el de su Emmanuel.
Entretanto, las naciones de Occidente, conocedoras de la dignidad de esta
fiesta y considerándola con razón como el principio universal de todo, en la
era de la renovación del mundo, contaron durante mucho tiempo sus años
partiendo de Navidad, como se puede apreciar por los antiguos calendarios, por
los Martirologios de Usuardo y de Adón y por un gran número de Bulas, de Cartas
y Diplomas. En 1313 un concilio de Colonia nos muestra subsistente todavía en
esa época esta costumbre. Varios pueblos de la Europa católica, han guardado
hasta el día de hoy la costumbre de celebrar el nuevo año en la fiesta de
Navidad. Se desea feliz Navidad como entre nosotros el día primero de enero
feliz año nuevo. Se cambian cumplidos y regalos; se escribe a los amigos
ausentes: ¡restos preciosos de las antiguas costumbres que tenían la fe como
fundamento y muralla inexpugnable!
Es tal la alegría que a los ojos de la Santa Iglesia debe llenar a los
fieles en la Natividad del Salvador, que, asociándose a ella
misericordiosamente, dispensa el día de mañana el precepto de la abstinencia
cuando Navidad cae en viernes o sábado. Esta dispensa se remonta al Papa
Honorio III, que gobernaba en 1216; pero ya desde el siglo IX San Nicolás I, en
su respuesta a consultas de los Búlgaros, había manifestado una condescendencia
parecida, con objeto de animar la alegría de los fieles en la celebración no
sólo de la fiesta de Navidad, sino también en las de San Esteban, de San Juan
Evangelista, de la Epifanía, de la Asunción de Nuestra Señora, de San Juan
Bautista y de San Pedro y San Pablo. Pero esta dispensa no fue universal y sólo
se ha mantenido para la fiesta de Navidad, contribuyendo así a aumentar la
alegría popular. La legislación civil de la Edad Medía, en su deseo de
confirmar a su modo la importancia que daba a una fiesta tan querida de toda la
cristiandad, concedía a los deudores la facultad de suspender el pago a los
acreedores durante toda la semana de Navidad, que por esta razón era apellidada
semana de remisión, lo mismo que las de Pascua y Pentecostés.
Pero dejemos un momento estos datos familiares que nos hemos complacido en
reunir a propósito de la gloriosa festividad que conmueve tan dulcemente
nuestros corazones; es hora de que acudamos a la casa de Dios, a donde nos
llama el Oficio solemne de las Primeras Vísperas. Por el camino, vayamos
pensando en Belén, a donde han llegado ya José y María. El sol material camina
rápidamente al ocaso; y el divino Sol de justicia permanece todavía oculto por
algunos momentos bajo la nube, en el seno de la más pura de las vírgenes. Se
acerca la noche; José y María recorren las calles de la ciudad de David,
buscando un asilo para albergarse. Atención, pues, corazones fieles, ¡uníos a
los dos incomparables peregrinos! Ha llegado la hora de que salga de toda
lengua humana un canto de gloria y agradecimiento. Para expresarnos, aceptemos
con diligencia la voz de la Santa Iglesia, que estará a la altura de tan noble
tarea.
ANTES DE LOS OFICIOS NOCTURNOS
MAITINES
Deben saber los fieles que, en los primeros siglos de la Iglesia, no se
celebraba nunca una fiesta solemne sin hacer su preparación por medio de una
Vigilia, en la que el pueblo cristiano, renunciando al sueño, llenaba la
Iglesia y seguía fervorosamente la salmodia y las lecturas; este conjunto
constituía lo que hoy llamamos Oficio de Maitines. Se dividía la noche en tres
partes, conocidas con el nombre de Nocturnos; al apuntar el alba comenzaban
otros cánticos más solemnes que formaban el Oficio de, las alabanzas, que de
ahí ha quedado con el nombre de Laudes. Este Oficio divino, que ocupaba gran
parte de la noche, se celebra aún diariamente aunque a horas menos penosas, en
los Capítulos y Monasterios, y es recitado en privado por todos los clérigos
obligados al rezo, del que forma la parte más notable. Con la pérdida de las
prácticas litúrgicas desapareció también la costumbre de que los fieles tomasen
parte en la celebración de los Maitines; y, en la mayoría de las iglesias
parroquiales y aun de las catedrales de Francia, se terminó por no cantarlos
más que cuatro veces al año: a saber, los tres últimos días de la Semana Santa,
siendo todavía hoy anticipados a la tarde anterior, con el nombre de Tinieblas;
y finalmente el día de Navidad, que se celebran a la misma hora, poco más o
menos que antiguamente.
El Oficio de la noche de Navidad fué siempre objeto de una especial
devoción y solemnidad entre todos los del año: primero por razón de ser la hora
en que la Santísima Virgen dió a luz al Salvador, y por eso debemos esperarla
en oración y ardientes deseos; además, porque esta noche la Iglesia no se
contenta con celebrar el Oficio de Maitines de un modo ordinario, sino que, por
excepción única y para mejor honrar el divino Nacimiento, añade la ofrenda del
santo Sacrificio de la Misa, precisamente a media noche, que es cuando María
dió su augusto fruto a la tierra. De ahí que en muchos lugares, sobre todo en
las Galias, según testimonio de San Cesáreo de Arlés, los fieles pasaban toda
la noche en la Iglesia.
En Roma, durante varios siglos, por lo menos del séptimo al undécimo, se
decían dos Maitines en la noche de Navidad. Los primeros se cantaban en la
Basílica de Santa María la Mayor; se comenzaban en cuanto se ponía el sol; no
se decía Invitatorio en ellos, y a continuación de este primer Oficio nocturno
el Papa celebraba a media noche la primera Misa de Navidad. Inmediatamente
después, se trasladaba con el pueblo a la Iglesia de Santa Anastasia, donde
celebraba la Misa de la Aurora. Luego, la piadosa comitiva se dirigía con el
Pontífice, a la Basílica de San Pedro, donde comenzaban inmediatamente los
segundos Maitines. Estos tenían su Invitatorio y eran seguidos de Laudes:
terminados éstos y los Oficios siguientes a sus horas correspondientes, el Papa
celebraba la tercera y última Misa a la hora de Tercia. Amalario y el antiguo
liturgista del siglo XII que se ha dado a conocer con el nombre de Alcuino nos
han transmitido estos detalles, que están de acuerdo con el texto de los
antiguos Antifonarios de la Iglesia Romana publicados por el Beato José María
Tomasí y por Gallicioli.
Eran tiempos de fe viva; para ellos las horas pasaban veloces en la casa de
Dios, porque la oración servía de poderoso lazo de unión a los pueblos
abrevados continuamente en los divinos misterios. Entonces se gustaba la
oración de la Iglesia; las ceremonias de la Liturgia, que son su necesario
complemento, no eran como hoy un espectáculo mudo, o a lo más impregnado de una
vaga poesía; las masas sentían y creían lo mismo que los individuos. ¿Quién nos
devolverá esta comprensión de lo sobrenatural, sin la cual tantas personas de
hoy día se jactan de ser cristianas y católicas?
LA NOCHE DE NAVIDAD
A pesar de todo, todavía no se ha extinguido gracias a Dios por completo
entre nosotros esa fe práctica; esperemos que volverá aún algún día a revivir
con su antigua vida. ¡Cuántas veces nos hemos complacido en buscar y observar
sus huellas en el seno de esas familias patriarcales, numerosas todavía en
nuestras pequeñas ciudades y aldeas! Allí fue donde vimos, y ningún recuerdo de
infancia nos es tan grato, a toda una familia, que, después de la frugal
colación de la noche, se reunía en torno a un gran hogar, en espera de que
sonara la señal para acudir a la Misa de la media noche.
Allí estaban preparados de antemano los platos que habían de ser servidos a
la vuelta, apetitosos, sin ser rebuscados y que habían también de contribuir a
la alegría de tan santa noche: en medio del hogar ardía un grueso tronco,
llamado "leño de Navidad", que calentaba toda la sala. Había de
consumirse lentamente durante los Oficios para que a su vuelta encontraran un
reconfortante brasero los miembros de los ancianos y de los niños ateridos por
el frío.
Allí se hablaba animadamente del misterio de la solemne noche; se
compadecía a María y a su dulce Hijo expuesto a los rigores del invierno en un
establo abandonado; luego se entonaban algunos de aquellos villancicos que
habían servido para entretenerlos durante las largas vigilias del Adviento.
Las voces y los corazones estaban de acuerdo al ejecutar aquellas populares
melodías compuestas en días mejores. Aquellos ingenuos cantos referían la
visita del Ángel Gabriel a María y el anuncio de la maternidad divina hecho a
la digna doncella; la pena de María y de José al recorrer las calles de Belén
en busca de un albergue en las posadas de aquella ingrata ciudad; el milagroso
alumbramiento de la Reina del cielo; los encantos del Recién Nacido en su
humilde cuna; la llegada de los pastores con sus rústicos regalos, su música un
tanto ruda y la sencilla fe de sus corazones.
Animábanse pasando de un villancico a otro; olvidaban sus preocupaciones;
consolaban sus penas y ensanchábanse el alma; mas de pronto la voz de las
campanas, que resonaban en la noche, terminaban con tan ruidosos como amables
conciertos. Comenzaban a salir hacia la Iglesia; ¡qué felices entonces los
niños a quienes su edad permitía ya asociarse por vez primera a las alegrías
inefables de esta solemne noche; tan santas y fuertes impresiones debían quedar
grabadas en su alma durante el resto de su vida!
Pero ¿a dónde nos llevan estos encantadores recuerdos? Con objeto de ocupar
útilmente los últimos momentos que preceden a la entrada en la Iglesia,
quisiéramos sugerir a nuestros lectores algunas consideraciones que les unan al
espíritu de la Iglesia, fijando su corazón y su fantasía sobre objetos reales y
consagrados por los misterios que se celebran en esta augusta noche.
LA GRUTA DE BELÉN
Así pues, en esta hora nuestro pensamiento debiera volar con preferencia
hacia tres lugares que existen en el mundo. El primero es Belén, y en Belén, la
gruta del Nacimiento quien nos reclama. Acerquémonos con santo respeto y
contemplemos el humilde asilo que el Hijo del Eterno bajado del cielo ha
escogido para su primera morada. Este establo, cavado en la roca, se halla
situado fuera de la ciudad; tiene unos cuarenta pies de largo por doce de
ancho. El asno y el buey anunciados por el Profeta están junto a la cueva,
testigos mudos del divino misterio que el hombre se ha negado a recibir en su
casa.
José y María se encuentran también en el humilde retiro; los rodea el
silencio de la noche; mas su corazón se dilata en alabanzas y adoraciones
dirigidas al Dios que se digna satisfacer de manera tan perfecta por el orgullo
humano. La purísima María prepara los pañales que han de envolver los miembros
del celeste Infante, y espera con inefable paciencia el momento en que sus ojos
verán por fin el fruto bendito de sus castas entrañas, y podrá cubrirle con sus
besos y caricias y amamantarle con su leche virginal.
Mas, antes de salir del seno materno y de hacer su entrada visible en este
mundo pecador, el divino Salvador se inclina ante su Padre celestial y,
conforme a la revelación del Salmista explicada por el gran Apóstol San Pablo
en la Epístola a los Hebreos, dice: ¡Oh Padre mío! ya estás harto de los
groseros sacrificios de la Ley; esas vacías ofrendas no han aplacado tu
justicia; pero me has dado un cuerpo; héme aquí pronto a sacrificarme; vengo a
cumplir tu voluntad." (Herbr., X, 7.)
Todo esto ocurría, a estas horas, en el establo de Belén; los Ángeles del
Señor estaban maravillados ante tan gran misericordia de un Dios para con sus
rebeldes criaturas, contemplando al mismo tiempo con gran placer el gracioso
semblante de la Virgen sin mancha, y esperando el momento en que la Rosa mística
iba por fin a abrirse para derramar su divino perfume.
¡Feliz gruta de Belén, testigo de semejantes maravillas ! ¿Quién no dejará
allí ahora su corazón? ¿Quién no la preferiría a los más suntuosos palacios de
los reyes? Ya, desde los primeros días del cristianismo, la piedad de los
fieles la rodeó de la más tierna devoción, hasta que la gran Santa Elena,
elegida por Dios para reconocer y honrar en la tierra las huellas del
Hombre-Dios, hizo construir en Belén la magnífica Basílica que debía guardar en
su recinto el trofeo del amor de Dios hacia su criatura.
Transportémonos con el pensamiento a esta Iglesia que todavía subsiste;
contemplemos allí, en medio de infieles y herejes, a los religiosos que sirven
aquel santuario, y que se disponen a cantar en nuestra lengua latina los mismos
cánticos que bien pronto vamos a oír nosotros. Son hijos de San Francisco,
héroes de la pobreza, discípulos del Niño de Belén; precisamente por ser
pequeños y débiles son los únicos que hoy día desde hace cinco siglos, sostienen
las batallas del Señor en aquellos lugares de la Tierra Santa, que la espada de
los Cruzados se cansó de defender. Esta noche oremos en unión con ellos;
besemos con ellos la tierra en aquel lugar de la gruta, en que se lee con
palabras de oro: Hic DE VIRGINE MARÍA IESUS CHRISTUS NATUS EST.
Pero en vano buscaríamos hoy en Belén la feliz cueva que acogió al divino
Infante. Hace ya doce siglos que huyó de aquellas tierras maldecidas por Dios,
viniendo a buscar refugio en el centro de la catolicidad en Roma, la Esposa
favorecida por el Redentor.
LA BASÍLICA DEL PESEBRE
Roma es por tanto, el segundo lugar del mundo que debe visitar nuestro
corazón en esta noche afortunada. Pero dentro de la ciudad santa, hay un
santuario que en este momento reclama toda nuestra devoción y nuestro amor. Es
la Basílica del Pesebre, la magnifica y radiante Iglesia de Santa María la
Mayor. Reina de las numerosas Iglesias que la devoción de los romanos dedicó a
la Madre de Dios, levanta su magnificencia sobre el Esquilino, resplandeciente
de oro y mármol, pero afortunada sobre todo por poseer en su interior, junto
con el retrato de la Virgen Madre atribuido a San Lucas, el humilde y glorioso
Pesebre que los impenetrables designios del Señor hicieron que saliese de Belén
para confiarlo a su guarda. Un pueblo innumerable se agolpa en la Basílica en
espera del feliz instante en que el evocador monumento del amor y de las
humillaciones de un Dios, aparezca llevado sobre los hombros de los ministros
sagrados, como arca de la nueva alianza cuya ansiada visión tranquiliza al
pecador y hace palpitar de emoción el corazón del justo. Quiso Dios que Roma,
que debía ser la nueva Jerusalén, fuese también la nueva Belén, y que los hijos
de su Iglesia hallasen en este centro inconmovible de su fe, el alimento
abundante e inagotable de su amor.
NUESTRO CORAZÓN
Visitemos finalmente el tercer santuario donde se va a realizar esta noche
el misterio del Nacimiento del Hijo divino de María. Este tercer templo está a
nuestro lado; está dentro de nosotros: es nuestro propio corazón. Nuestro
corazón es el Belén que Jesús quiere visitar, en el que desea nacer para morar
allí y crecer hasta llegar al hombre perfecto, como dice el Apóstol (Ef., IV,
13). Si desciende hasta el establo de la ciudad de David, es sólo para poder
llegar con mayor seguridad hasta nuestro corazón, al que amó con amor eterno
hasta el extremo de descender del cielo para venir a habitar en él. El seno de
María le llevó nueve meses; en nuestro corazón quiere vivir eternamente.
¡Oh corazón del Cristiano, Belén viviente, prepárate y alégrate!; por la
confesión de tus pecados, por la contrición de tus faltas, por la penitencia de
tus delitos estás ya dispuesto para esa alianza que el Niño Dios desea hacer
contigo. Está ahora atento; vendrá en medio de la noche. Hállete preparado como
halló el establo, el pesebre y los pañales. Tú no puedes ofrecerle las puras y
maternales caricias de María, ni los cariñosos cuidados de José; preséntale las
adoraciones y el amor sencillo de los pastores. Como la Belén de los actuales
tiempos, tu vives en medio de los Infieles, de los que no conocen el divino
misterio del amor; sean tus votos secretos y sinceros como los que esta noche
subirán hacia el cielo desde el fondo de la gloriosa y santa gruta que reúne a
los fieles en torno a los hijos de San Francisco. En el gozo de esta santa
noche sé semejante a la radiante Basílica que guarda en Roma el tesoro del
Santo Pesebre y el dulce retrato de la Virgen Madre. Sean tus afectos puros
como el blanco mármol de sus columnas; tu caridad resplandeciente como el oro
que brilla en sus artesonados; tus obras luminosas como los mil cirios que, en
su feliz recinto, iluminan la noche con los esplendores del día. Finalmente, oh
soldado de Cristo, piensa que es necesario luchar para merecer acercarse al divino
Infante; luchar para conservar dentro de uno mismo su amorosa presencia; luchar
para llegar a la feliz consumación que te hará una sola cosa con El, en la
eternidad. Conserva, pues, con cariño estas impresiones, que te nutran,
consuelen y santifiquen hasta que descienda a ti el Emmanuel. ¡Oh Belén
viviente! repite sin cesar esa dulce frase de la Esposa: Ven, Señor Jesús, ven.
MISA DEL GALLO
QUE SOLO PUEDE SER OFICIADA SEGÚN LAS RÚBRICAS DE LA
IGLESIA, QUE CONDENAN EL ACCIONAR IRREGULAR Y ACATÓLICO DE CONCILIARES DEL
VATICANO II, THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS
Es hora ya de ofrecer el gran Sacrificio y de llamar al Emmanuel: sólo El
puede pagar dignamente a su Padre la deuda de agradecimiento que el género
humano le debe. En el altar, como en el pesebre, intercederá por nosotros; nos
acercaremos a él con amor y se nos entregará.
Pero es tal la grandeza del Misterio de este día, que la Iglesia no se
limita a ofrecer un solo Sacrificio. La llegada de tan precioso don por tanto
tiempo aguardado merece el reconocimiento de homenajes extraordinarios. Dios
Padre envía su Hijo a la tierra; es el Espíritu Santo quien obra este prodigio:
es muy natural que la tierra dirija a la Trinidad augusta el homenaje de ese
Sacrificio(6).
Además, el que nace hoy ¿no se ha manifestado en tres Nacimientos? Nace
esta noche de la Virgen bendita; va a nacer, por su gracia, en el corazón de
los pastores que son las primicias de toda la cristiandad; y nace eternamente
en el seno del Padre, en los esplendores de los Santos: este triple nacimiento
debe ser venerado con un triple homenaje.
La primera Misa celebra el Nacimiento según la carne. Los tres Nacimientos
son otras tantas efusiones de la luz divina; ahora bien, ha llegado la hora en
que el pueblo que caminaba en las tinieblas vió una gran luz y en que amaneció
el día sobre los que moraban en la región de las sombras de la muerte. La noche
es oscura fuera del santo templo donde nos hallamos: noche material por
ausencia del sol; noche espiritual a causa de los pecados de los hombres que
duermen en el olvido de Dios o vigilan para el crimen. En Belén, en torno al
establo y en la ciudad, hay tinieblas; y los hombres que no han querido hacer
sitio al divino Huésped descansan en una grosera paz; por eso no les despertará
el concierto de los Ángeles.
Hacia la mitad de la noche la Virgen ha sentido llegar el momento supremo.
Su corazón de madre se halla completamente inundado de maravillosas delicias y
derretido en un éxtasis de amor. De pronto, saliendo con su omnipotencia del
seno materno, como saldrá un día a través de la piedra del sepulcro, aparece el
Hijo de Dios e Hijo de María tendido en el suelo, a la vista de su Madre, y
dirigiendo sus brazos hacia ella. El rayo del sol no atraviesa con mayor
rapidez el límpido cristal incapaz de detenerle. La Virgen Madre adora al Niño
divino que la sonríe, y se atreve a estrecharle contra su corazón; le envuelve
en los pañales que le ha preparado y le acuesta en el pesebre. El fiel José le
adora con ella; los santos Ángeles, cumpliendo la profecía de David, rinden su
más profundo homenaje a su Creador en el momento de su entrada en el mundo.
Encima del establo está el cielo abierto y suben hacia el Padre de los siglos,
los primeros votos del Dios recién-nacido; a los oídos del Dios ofendido
comienzan a llegar ya sus primeros gritos y los dulces vagidos que preparan la
salvación del mundo.
La belleza del Sacrificio atrae al mismo tiempo hacia el altar las miradas
de los fieles. El coro entona el cántico de entrada, el Introito. Es el mismo
Dios quien habla; habla a su Hijo al que hoy ha engendrado. En vano las
naciones intentarán sacudir su yugo; este niño las sabrá sujetar y reinará
sobre ellas, porque es el Hijo de Dios.
INTROITO
El Señor me dijo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado
hoy.
El canto del Kyrle eleison precede al Himno Angélico que se deja oír en
seguida con estas sublimes palabras: Gloria in excelsis Deo, et in térra pax
hominibus bonae voluntatis! Unamos nuestras voces y corazones a este sublime
concierto de la milicia celestial. ¡Gloria a Dios, paz a los hombres! Son
nuestros hermanos los Ángeles los que han entonado este cántico; allí junto al
altar, como antaño junto al pesebre, están proclamando nuestra dicha. Allí
adoran a la divina justicia que dejó sin redentor a sus hermanos caídos, y en
cambio nos envía a nosotros a su propio Hijo. Glorifican la amorosa humillación
de quien hizo al ángel y al hombre, y que ahora se inclina hacia el más débil.
Ellos nos prestan sus celestes voces para dar gracias a quien por medio de un
misterio tan dulce y poderoso nos llama a nosotros sus humildes criaturas
humanas a llenar un día entre los coros angélicos las sillas que quedaron
vacías por la calda de los espíritus rebeldes. ¡Ángeles y hombres, Iglesia del
cielo e Iglesia de la tierra!, cantemos la gloria de Dios y la paz dada a los
hombres; cuanto más se humilla el Hijo del Eterno para traernos tan grandes
bienes, con tanto mayor fervor debemos entonar unánimemente:—Solus sanctus,
solus Dominus, solus Altissimus, Iesu Christe! ¡Tú solo Santo, Tú sólo Señor,
Tú sólo Altísimo, Jesucristo!
A continuación,
la Colecta reúne los votos de los fieles:
OREMOS
¡Oh Dios! que
hiciste brillar esta sacratísima noche con el resplandor de la verdadera luz:
suplicámoste hagas que disfrutemos en el cielo, de los gozos de esta luz, cuyos
misterios hemos conocido en la tierra. Por el que vive y reina contigo...
EPÍSTOLA
Lección de la
Epístola del Apóstol San Pablo a Tito (II, 11-15.)
Carísimo: La
gracia de Dios, nuestro Salvador, se ha aparecido a todos los hombres, para
enseñarnos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, debemos
vivir sobria y justa y piadosamente en este siglo, aguardando la bienaventurada
esperanza y el glorioso advenimiento del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo,
el cual se dió a sí mismo por nosotros, para redimirnos de todo pecado y
purificar para sí un pueblo grato, seguidor de las buenas obras. Predica y
aconseja estas cosas en Nuestro Señor Jesucristo. Por fin ha aparecido, en su
gracia y misericordia, ese Dios Salvador que era el único que podía librarnos
de las obras de la muerte, devolviéndonos a la vida. En este mismo momento se
muestra a todos los hombres en el angosto reducto de un pesebre, envuelto en
los pañales de la infancia. Ahí tenéis la dicha de la visita de un Dios a la
tierra, visita que tanto anhelábamos; purifiquemos nuestros corazones,
hagámonos gratos a sus ojos: pues, aunque sea niño, es también Dios poderoso,
como nos acaba de decir el Apóstol, el Señor cuyo nacimiento eterno es anterior
al tiempo. Cantemos su gloria con los santos Ángeles y con la Iglesia.
GRADUAL
Contigo está el
imperio desde el día de tu poder, entre los esplendores de los Santos; yo te
engendré de mi seno antes de la aurora. — . Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate
a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies.
ALELUYA
Aleluya,
aleluya.— f . El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.
Aleluya.
EVANGELIO
Continuación
del Santo Evangelio según San Lucas (II, 1-14.)
En aquel tiempo
salió un edicto de César Augusto ordenando que se inscribiera todo el orbe.
Esta primera inscripción fué hecha siendo Cirino gobernador de Siria. Y fueron
todos a inscribirse, cada cual en su ciudad. Y subió José de Galilea, de la
ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, porque era de
la casa y familia de David, para inscribirse con María, su mujer, desposada con
él, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando ellos allí, se cumplieron
los días de dar a luz. Y parió a su Hijo primogénito, y le envolvió en pañales,
y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. Y
había unos pastores en la misma tierra, que guardaban y velaban las vigilias de
la noche sobre su ganado. Y he aquí que el Ángel del Señor vino a ellos y la
claridad de Dios los cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas el Ángel
les dijo: No temáis porque os voy a dar una gran noticia, que será de gran gozo
para todo el pueblo: es que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, el
Salvador, que es el Cristo, el Señor. Y ésta será la señal para vosotros:
hallaréis al Niño envuelto en pañales y echado en un pesebre. Y súbitamente
apareció con el Ángel una gran multitud del ejército celeste, alabando a Dios y
diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de
buena voluntad.
También nosotros, divino Niño, unimos nuestras voces a las de los Ángeles y
cantamos: ¡Gloria a Dios, paz a los hombres! El inefable relato de tu
nacimiento nos enternece los corazones y hace correr nuestras lágrimas. Te
hemos acompañado en tu viaje de Nazaret a Belén, hemos seguido todos los pasos
de María y de José a través de su largo camino; hemos velado durante esta santa
noche en espera del feliz momento que te mostrará a nuestros ojos. Sé bendito,
oh Jesús, por tanta misericordia; sé amado por tanto amor. Imposible apartar
nuestras miradas de ese pesebre afortunado, que contiene nuestra salvación. Te
reconocemos ahí tal como te han pintado a nuestras esperanzas los santos
Profetas cuyos divinos vaticinios nos ha pasado la Iglesia esta noche ante la
vista. Eres el Dios Grande, el Rey pacífico, el Esposo celestial de nuestras
almas; eres nuestra Paz, nuestro Salvador, nuestro Pan de vida. ¿Qué te podemos
ofrecer en este momento, si no es esa "buena voluntad que los Ángeles nos
recomiendan? Créala en nosotros; cultívala para que lleguemos a ser hermanos
tuyos por la gracia, como lo somos ya por la naturaleza humana. Pero aún haces
más en este misterio ¡oh Verbo encarnado! En él nos haces, como dice el
Apóstol, partícipes de la divina naturaleza, de esa naturaleza que en tu
humillación no has perdido. En el orden de la creación nos colocaste debajo de
los Ángeles; en tu encarnación nos has hecho herederos de Dios, y coherederos
tuyos. ¡Ojalá nuestros pecados y flaquezas no nos hagan descender de estas
alturas a las que hoy nos has elevado!
Después del Evangelio, la Iglesia canta en son de triunfo el Símbolo de la
fe, en el que se nos detallan los misterios del Hombre Dios. A las palabras: Et
incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine, ET HOMO FACTUS EST, adorad
desde lo más profundo de vuestro corazón al Dios grande que ha tomado la forma
de su criatura, y devolverle con vuestro humilde acatamiento, la gloria de que
se ha despojado por vuestra causa. En las tres Misas de hoy, cuando el coro
llega a esas palabras en el canto del Credo, se levanta el sacerdote de su
silla y va a postrarse de rodillas al pie del altar. Uníos en ese momento con
vuestras adoraciones a las de toda la Iglesia representada por el Sacerdote.
Durante la
ofrenda del pan y del vino, la Iglesia celebra el gozo del cielo y de la tierra
por la llegada del Señor. Unos momentos más, y en este altar donde todavía no
hay más que pan y vino, tendremos el cuerpo y la sangre de nuestro Emmanuel.
OFERTORIO
Alégrense los cielos y salte de júbilo la tierra ante la
faz del Señor: porque viene.
SECRETA
Suplicámoste,
Señor, te sea grata la ofrenda de la fiesta de hoy: para que, con tu gracia,
reproduzcamos en nosotros, mediante este santo comercio, la imagen de Aquel que
unió contigo nuestra naturaleza. El cual vive y reina contigo.
A continuación el Prefacio reúne las acciones de gracias de todos los
fieles, terminando por la aclamación general al Señor tres veces Santo. En el
momento de la elevación de los sagrados Misterios, en medio de ese religioso
silencio que acoge la venida del Verbo divino al altar, no veáis allí sino el
pesebre del Niño que tiende sus brazos hacia su Padre y os ofrece sus caricias;
a María que le adora con amor de madre, a José que derrama lágrimas de ternura,
y a los santos Ángeles que no aciertan a salir de su asombro. Entregad al
recién nacido vuestro corazón para que infunda en él todos estos sentimientos;
pedidle que venga a vosotros y dadle un puesto de honor entre todos vuestros
afectos.
Después de la
Comunión, la Iglesia, que acaba de unirse al Niño Dios en la participación de
sus Misterios, canta una vez más la gloria de la generación eterna del Verbo
divino, que existe en el seno del Padre antes que toda criatura, y que esta
noche se ha revelado al mundo antes de aparecer la estrella de la mañana.
COMUNIÓN. — REALIZAR LA COMUNIÓN
ESPIRITUAL, VERDADERA COMUNIÓN [01]
Entre los esplendores de los Santos, te engendré de mi
seno antes de la aurora.
Termina la
Santa Iglesia las oraciones de este primer sacrificio, pidiendo la gracia de
una unión indisoluble con el Salvador que se ha dignado aparecer en este día.
POSCOMUNIÓN
Suplicámoste
Señor, Dios nuestro, hagas que, los que nos alegramos de celebrar
frecuentemente el misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo,
merezcamos alcanzar, con actos dignos, la compañía de Aquel que vive y reina
contigo.
MISA DE LA AURORA
QUE SOLO PUEDE SER OFICIADA SEGÚN LAS RÚBRICAS DE LA
IGLESIA, QUE CONDENAN EL ACCIONAR IRREGULAR Y ACATÓLICO DE CONCILIARES DEL
VATICANO II, THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS
Terminado el Oficio de Laudes, concluyen los cantos de regocijo, por medio
de los cuales la Iglesia da gracias al Padre de los siglos, por haber hecho
nacer al Sol de justicia: es hora ya de celebrar el segundo Sacrificio, el
Sacrificio de la aurora. En la primera Misa la Santa Iglesia ha honrado el
nacimiento temporal del Verbo según la carne; ahora va a celebrar un segundo
nacimiento del mismo Hijo de Dios, nacimiento de gracia y de misericordia, que
se realiza en el corazón del fiel cristiano.
He aquí que en este mismo momento, unos pastores advertidos por los santos
Ángeles llegan de prisa a Belén; se aglomeran en el establo, demasiado estrecho
para su número. Dóciles al aviso del cielo, han venido a reconocer al Salvador
que ha nacido para ellos, según se les ha dicho. Y lo hallan todo tal como los
Ángeles se lo han anunciado. ¿Quién es capaz de describir la alegría de su
corazón, la sencillez de su fe? No se maravillan de encontrar a Aquel cuyo
nacimiento conmueve a los mismos Ángeles, envuelto en la capa de una pobreza
semejante a la suya. Sus corazones lo han comprendido todo, y adoran y aman a
aquel Niño. Son ya cristianos. La Iglesia cristiana comienza en ellos; sus
humildes corazones aceptan el misterio de un Dios humillado. Herodes tratará de
hacer perecer al Niño; la Sinagoga rugirá; sus doctores se levantarán contra
Dios y contra su Cristo; condenarán a muerte al Libertador de Israel; pero la
fe permanecerá firme e inquebrantable en el alma de los pastores, en espera de
que los sabios y poderosos se humillen a su vez ante la cruz y el pesebre. ¿Qué
ha ocurrido en el corazón de estos sencillos hombres? Cristo ha nacido en ellos
y en adelante morará allí por la fe y el amor. Son nuestros padres en la
Iglesia; a nosotros nos toca el hacernos semejantes a ellos. Llamemos, pues,
también nosotros a Jesucristo a nuestras almas; hagámosle sitio y nada le
obstruya la entrada de nuestros corazones. También a nosotros nos hablan los
Ángeles, también nos comunican la buena nueva; el beneficio no debe limitarse
solamente a las moradas de la campiña de Belén. Ahora bien, para honrar el
misterio de la silenciosa venida del Salvador a las almas, el Sacerdote se
dispone a subir ahora al altar y presentar por segunda vez el Cordero
inmaculado a las miradas del Padre celestial que nos le envía.
Permanezcan nuestros ojos fijos en el altar como los de los pastores en el
pesebre; busquemos allí como ellos al Niño recién nacido, envuelto en pañales.
Al entrar en el establo, no sabían todavía a quién iban a ver; pero sus
corazones estaban preparados. De pronto le ven, y sus ojos se posan en este Sol
divino. Jesús desde el fondo del pesebre les dirige una amorosa mirada; quedan
iluminados y se hace de día en sus corazones. Seamos dignos de que se realice
en nosotros aquella frase del príncipe de los Apóstoles: "La luz brilla en
un lugar oscuro, hasta el momento en que resplandezca el día y se levante en
vuestros corazones el lucero de la mañana." (II, S. Pedro, I, 19.)
Ha llegado ya esta aurora bendita para nosotros; el divino Oriente que
aguardábamos ha aparecido ya y, no se ocultará más en nuestra vida: en adelante
hemos de temer más que nada a la noche del pecado de la que El nos libra. Somos
los hijos de la luz y los hijos del día (I, Tes., V, 5); ya no hemos de conocer
el sueño de la muerte; pero deberemos estar siempre en vela, acordándonos de
que los pastores velaban cuando el Ángel los habló y se abrieron los cielos
sobre sus cabezas. Los cantos todos de esta Misa de la Aurora nos van a
anunciar de nuevo el esplendor de este Sol de justicia; saboreémoslos como
prisioneros aherrojados durante mucho tiempo en una cárcel tenebrosa, a cuyos
ojos aparece de repente una luz apacible. En el fondo de la gruta, resplandece
ese Dios luminoso; sus divinos rayos realzan y embellecen más todavía las
graciosas facciones de la Virgen Madre, que con tanto amor le contempla;
también el rostro venerable de José resplandece de un modo especial; mas estos
destellos no se detienen en el angosto recinto de la gruta. Aunque dejan en sus
merecidas tinieblas a la ingrata Belén, se esparcen por el mundo entero,
encendiendo en millones de corazones un amor inefable hacia esa Luz de !o alto
que arranca al hombre de sus errores y pasiones, y le eleva hacia el fin
sublime para el que ha sido creado.
Pero en este momento nos presenta la Santa Iglesia otro objeto de
admiración y alegría, en medio de todos estos misterios del Dios encarnado y en
el seno mismo de la humanidad. Al recuerdo tan glorioso y amable del Nacimiento
del Emmanuel une, en este Sacrificio de la Aurora, la solemne memoria de una de
esas almas valerosas que supieron conservar la Luz de Cristo a pesar de los
ataques de las tinieblas. En esta misma hora, honra a Santa Anastasia, que, por
la cruz y el martirio, nació a la vida celestial en el mismo día del Nacimiento
del Redentor (7).
Mas ya es hora de
que pongamos los ojos en en el altar donde va a comenzar el santo Sacrificio.
El Introito canta la salida del Sol divino. El resplandor de su aurora anuncia
ya el , brillo que habrá de tener a medio día. Fuerza y belleza son sus
cualidades; está armado para vencer y su nombre es Príncipe de la Paz.
INTROITO
La luz brillará
hoy sobre nosotros: porque nos ha nacido el Señor: y será llamado Admirable,
Dios, Príncipe de la paz. Padre del siglo venidero: cuyo reino no tendrá fin.
Salmo: El Señor reinó, se vistió de belleza: el Señor se vistió y ciñó de
fortaleza. — Y. Gloria al Padre.
En esta Misa de la Aurora, la oración de la Iglesia solicita la efusión en
las almas de los rayos del Sol de justicia para que sean fecundas en obras de
luz, y no vuelvan a aparecer las antiguas tinieblas.
ORACIÓN
Suplicámoste,
oh Dios omnipotente, concedas a los que somos inundados de la nueva luz de tu
Verbo encarnado, la gracia de que resplandezca en nuestras obras lo que por la
fe brilla en nuestras mentes. Por el mismo Señor.
Conmemoración de Santa Anastasia
Suplicámoste,
oh Dios omnipotente, hagas que, los que celebramos la solemnidad de tu
bienaventurada mártir Anastasia, sintamos su protección delante da ti. Por el
Señor.
EPÍSTOLA
Lección de la
Epístola del Apóstol San Pablo a Tito (III, 4-7.)
Carísimo: Ha
aparecido la benignidad y la humanidad de Dios, nuestro Salvador; nos ha
salvado, no por las obras justas que hemos hecho nosotros, sino por su
misericordia, mediante el baño de regeneración y de renovación del Espíritu
Santo, que derramó en nosotros con abundancia por Jesucristo, nuestro Salvador:
para que, justificados con su gracia, seamos hechos herederos según la
esperanza de la vida eterna: en Nuestro Señor Jesucristo.
El Sol que ha salido para nosotros es un Dios Salvador, lleno de
misericordia. Vivíamos lejos de él, en las sombras de la muerte; ha sido
necesario que los rayos divinos bajasen hasta el fondo del abismo en que el
pecado nos había sumergido; y he aquí que salimos regenerados, santificados,
hechos herederos de la vida eterna. ¿Quién nos separará ya del amor de este
Niño? ¿Seríamos capaces de hacer inútiles los prodigios de un amor tan
generoso, y volver a declararnos esclavos de las sombras de la muerte?
Quedémonos más bien con la esperanza de la vida eterna, en la que ya nos han
puesto estos sublimes misterios.
GRADUAL
Bendito el que viene en nombre del
Señor: el Señor es Dios, y nos ha iluminado. — J. Esto ha sido hecho por el
Señor: y es maravilloso a nuestros ojos.
ALELUYA
Aleluya,
aleluya- — J. El Señor reinó, se vistió de belleza: el Señor se vistió de
fortaleza, y se ciñó de poder. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación
del santo Evangelio según San Lucas. (II, 15-20.)
En aquel tiempo
los pastores decían entre si: Vayamos hasta Belén, y veamos eso que ha
sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos: y
encontraron a María y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y al verle,
conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos
los que lo oyeron, se maravillaron: y de lo que los pastores les decían. Y
María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron
los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían
oído y visto, según se les había dicho.
Imitemos la diligencia, de los pastores en Ir en busca del recién nacido.
Apenas han oído las palabras del Ángel cuando inmediatamente se ponen en marcha
hacia el establo. Llegados a presencia del Niño, sus corazones ya preparados de
antemano, le reconocen; y Jesús nace en ellos por su gracia. Están contentos de
ser pequeños y pobres como El; en adelante se consideran unidos a El, y su
conducta entera va a dar testimonio del cambio operado en su vida.
Efectivamente, no se callan, sino que hablan del Niño y se hacen Apóstoles
suyos; su palabra cautiva a los que los oyen.
Ensalcemos con ellos al Dios grande que, no satisfecho con llamarnos a su
admirable luz, ha colocado la hoguera en nuestro propio corazón instalándose en
él. Guardemos en nosotros con cariño el recuerdo de los misterios de esta
inefable noche, imitando el ejemplo de María que medita continuamente en su
sacratísimo Corazón los sencillos y sublimes sucesos que por ella y en ella se
han realizado.
Durante la
ofrenda de los sagrados dones, la Iglesia pone de relieve el poderío del
Emmanuel que, para restaurar al mundo caído, se ha humillado hasta el extremo
de no tener por cortesanos más que a unos humildes pastores, a pesar de que se
asienta sobre un trono de gloria y de divinidad, antes de que existiera el
tiempo y por toda la eternidad.
OFERTORIO
El Señor afirmó
el orbe de la tierra, que no se conmoverá: tu asiento, oh Dios, está preparado
desde entonces; tú existes desde siempre.
SECRETA
Suplicámoste,
Señor, hagas que nuestros dones sean apropiados a los misterios de la Natividad
de hoy, y nos infundan siempre la paz: para que, así como resplandeció como
Dios el mismo que hoy se hizo hombre, así también este alimento terreno nos
confiera lo que es divino. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.
Conmemoración de Santa Anastasia
Suplicámoste,
Señor, aceptes propicio estos dones ofrecidos; y por intercesión de los méritos
de tu bienaventurada mártir Anastasia, haz que aprovechen a nuestra salud. Por
el Señor.
Después de la
comunión del Sacerdote y del pueblo, la Santa Iglesia, iluminada por la suave
luz de su Esposo al que acaba de unirse, se aplica a si misma las palabras del
Profeta Zacarías, que anuncia la venida del Rey Salvador:
COMUNIÓN.
— REALIZAR LA COMUNIÓN ESPIRITUAL, VERDADERA COMUNIÓN [01]
Alégrate, hija
de Sión, canta, hija de Jerusalén: he aquí que viene tu santo Rey, el Salvador
del mundo.
POSCOMUNIÓN
Haz, Señor, que
la natalicia novedad de este Sacramento nos renueve siempre, en virtud de Aquel
cuya única Natividad destruyó la humana vejez. Por el mismo Señor.
Conmemoración de Santa Anastasia
Has saciado,
Señor, a tu familia con dones sagrados: suplicámoste nos protejas siempre con
la Intercesión de aquella cuya fiesta celebramos hoy. Por el Señor.
Terminado el
segundo Sacrificio y celebrado ya el Nacimiento de gracia por medio de la nueva
ofrenda de la víctima inmortal, los fieles se retiran de la Iglesia y se van a
descansar hasta que se celebre el tercer Sacrificio.
LA VIRGEN MADRE
En el establo de Belén María y José velan junto al pesebre. La Virgen Madre
toma con todo respeto al recién nacido en sus brazos y le ofrece el pecho. Como
un simple mortal, el Hijo del Eterno acerca sus labios a aquella fuente de
vida. San Efrén trata de introducirnos en los sentimientos que embargan en ese
momento el corazón de María y nos traduce así su pensamiento: "¿Cómo he
merecido yo dar a luz al que siendo simplicísimo se encuentra en todas partes,
al que tengo pequeñito entre mis brazos siendo tan poderoso, al que está aquí
todo entero, estando también en todo el mundo? El día en que Gabriel se dignó
bajar hasta mi pobreza, de criada que era, me volví princesa. De pronto, Tú el
Hijo del Rey hiciste de mí la Hija del Rey eterno. De humilde esclava de tu
divinidad, llegué a ser madre de tu humanidad, ¡oh Señor e Hijo mío! Te has
dignado escoger a esta pobre doncella entre toda la descendencia de David y la
has sublimado hasta las alturas del cielo donde reinas. ¡Oh espectáculo! Un
niño más antiguo que el mundo, su mirada busca el cielo; sus labios están
cerrados; mas en su silencio se entretiene con Dios. Esa vista tan serena, ¿no
delata al que con su Providencia gobierna al mundo? Y, ¿cómo me atrevo yo a
darle mi leche al que es la fuente de todo ser? ¿Cómo daré yo alimento a quien
sustenta al mundo entero? ¿Cómo podré envolver en pañales al que está rodeado
de luz?"(8).
SAN JOSÉ
El mismo santo Doctor del siglo IV nos muestra a San José cumpliendo sus
sagrados deberes de padre para con el divino Infante. Abraza, dice, al recién
nacido, le acaricia, y sabe que ese Niño es Dios. Extasiado exclama: "¿De
dónde a mí este honor de que me sea dado por hijo el Hijo del Altísimo? ¡Oh
Niño!, es verdad que tuve dudas sobre tu madre: pensé incluso en alejarme de
ella. La ignorancia del misterio era para mí una tentación. Y no obstante eso,
en tu madre estaba ya el tesoro escondido que debía hacer de mí el más afortunado
de los hombres. Mi abuelo David ciñó la corona real; yo no era ya más que un
humilde artesano; pero ahora ha vuelto a mí la corona que había perdido, ahora
que Tú, Señor de los reyes, te dignas descansar en mi seno"(9).
En medio de estos sublimes coloquios, la luz del recién nacido continúa
alumbrando la gruta y sus alrededores; pero, al marchar los pastores y cesar el
canto de los Ángeles, ha vuelto a reinar el silencio en este misterioso
refugio. Al descansar en nuestros lechos, pensemos en este divino Infante y en
esa primera noche que pasa en su humilde cuna. Para conformarse en todo con las
necesidades de la naturaleza que ha adoptado, cierra sus tiernas pupilas y el
sueño voluntario viene a adormecer sus sentidos; mas en medio de ese sueño, su corazón
vela y se ofrece constantemente por nosotros. A veces sonríe también a María,
que tiene sus ojos fijos en El con inefable amor; ruega a su Padre, implora el
perdón para los hombres; con sus actos de humildad expía su soberbia; y se nos
muestra como un modelo de infancia que debemos imitar. Pidámosle que nos haga
participantes de las gracias de su divino sueño para que, después de haber
descansado en paz, nos despertemos en su gracia y podamos continuar
generosamente el camino que nos queda por andar.
MISA DEL DÍA (10)
QUE SOLO PUEDE SER OFICIADA SEGÚN LAS RÚBRICAS DE LA
IGLESIA, QUE CONDENAN EL ACCIONAR IRREGULAR Y ACATÓLICO DE CONCILIARES DEL
VATICANO II, THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS
El misterio que honra la Iglesia en esta Misa tercera es el Nacimiento
eterno del Hijo de Dios en el seno del Padre. Ha celebrado ya a media noche al
Hijo del Hombre saliendo del seno de la Virgen en el establo; al divino Niño
naciendo en el corazón de los pastores al apuntar la aurora; en este momento va
a asistir a un nacimiento más prodigioso aún, si cabe, que los dos anteriores,
un nacimiento cuya luz deslumbra las miradas angélicas, y que es por sí mismo
el testimonio eterno de la sublime fecundidad de nuestro Dios. El Hijo de María
es también el Hijo de Dios; es obligación nuestra proclamar hoy la gloria de
esta inefable generación, que le hace consubstancial a su Padre, Dios de Dios,
Luz de la Luz. Elevemos nuestra vista hasta ese Verbo eterno que estaba al
principio con Dios y sin el que Dios no estuvo nunca; porque es la forma de su
sustancia y el esplendor de su verdad eterna.
La Santa Iglesia comienza los cantos del tercer Sacrificio con un
aclamación al Rey recién nacido. Ensalza el poderío real que como Dios posee
antes de que el tiempo exista, y que recibirá como hombre el día en que cargue
con la Cruz sobre sus espaldas. Es el Ángel del gran Consejo, o sea, el enviado
por el cielo para llevar a cabo el plan sublime ideado por la Santísima Trinidad
para salvar al hombre por medio de la Encarnación y de la Redención. En ese
Altísimo Consejo tuvo su parte el Verbo; su celo por la gloria de su Padre,
junto con su amor a los hombres, hacen que tome ahora esta tarea sobre sus
hombros.
INTROITO
Un Niño nos ha
nacido, y nos ha sido dado un Hijo: cuyo imperio descansa en su hombro: y se
llamará su nombre: Ángel del gran Consejo. Salmo: Cantad al Señor un cántico
nuevo: porque ha hecho maravillas. V. Gloria al Padre.
En la Colecta
la Iglesia pide que el nuevo Nacimiento que acaba de realizar el Hijo de Dios
en el tiempo, no carezca de efecto, sino que obtenga nuestra libertad.
ORACIÓN
Suplicámoste,
oh Dios omnipotente, hagas que la nueva Natividad según la carne de tu
Unigénito, nos libre a los que la vieja servidumbre retiene bajo el yugo del
pecado. Por el mismo Señor.
EPÍSTOLA
Lección de la
Epístola del Apóstol San Pablo a los Hebreos (I, 1-12.)
Habiendo
hablado Dios en otro tiempo muchas veces y de muchos modos a los Padres por los
Profetas: en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó
heredero de todo, y por el cual hizo también los siglos: el cual, siendo el
resplandor de su gloria y el retrato de su substancia, y sustentando todas las
cosas con la palabra de su poder, obrada la expiación de los pecados, está
sentado a la diestra de la Majestad en las alturas: hecho tanto más excelente
que los Ángeles, cuanto más alto es el nombre que heredó. Porque ¿a cuál de los
Ángeles dijo jamás: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy? Y otra vez:
¿Yo seré para él Padre, y él será para mi Hijo? Y de nuevo, cuando introduce al
Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los Ángeles de Dios. Y,
ciertamente, de los Ángeles dice: El que hace a sus Ángeles espíritus, y a
sus ministros llama de fuego. Mas al hijo le dice: Tu trono, oh Dios, por los
siglos de los siglos: el cetro de tu reino es cetro de equidad. Amaste la
justicia y odiaste la iniquidad: Por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de
alegría más que a tus compañeros. Y: Tú, Señor, fundaste en él principio la
tierra: y obra de tus manos son los cielos. Estos perecerán, mas tu
permanecerás; y todos envejecerán como un vestido: y los mudarás como una
vestimenta, y serán mudados: tú, en cambio, siempre eres el mismo, y tus años
no acabarán.
El gran Apóstol, en este magnífico encabezamiento de su Epístola a sus
antiguos hermanos de la Sinagoga, pone de relieve el Nacimiento eterno del
Emmanuel. Mientras que nuestros ojos se posan con ternura en el dulce Niño del
pesebre, él nos invita a elevarlos hasta aquella Luz soberana, en cuyo seno el
mismo Verbo que se digna habitar en el establo de Belén, oye al Padre eterno
que le dice: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado; este hoy es el día de la
eternidad, día sin mañana ni tarde, sin amanecer y sin ocaso. Si bien es cierto
que la naturaleza humana, que se digna tomar en el tiempo le coloca debajo de
los Ángeles, el título y la cualidad de Hijo de Dios que le pertenece por
esencia, le elevan infinitamente por encima de ellos. Es Dios, es el Señor, y
los cambios no le afectan. Envuelto en pañales, clavado en la cruz, muriendo de
dolor en su humanidad, permanece impasible e inmortal en su divinidad; para eso
goza de un Nacimiento eterno...
GRADUAL
Todos los
confines de la tierra vieron la salud de nuestro Dios; tierra toda, canta
jubilosa a Dios. — J. El Señor manifestó su salud; reveló su justicia ante la
faz de las gentes.
ALELUYA
Aleluya,
aleluya. — y. Nos ha iluminado un día santo: venid, gentes, y adorad al Señor:
porque hoy ha descendido una gran luz sobre la tierra. Aleluya.
EVANGELIO
Comienzo del
Santo Evangelio según San Juan. (I, 1-14.)
En el principio
era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. El estaba al
principio en Dios. Todo fué hecho por El; y sin El no ha sido hecho nada
de lo que ha sido hecho: en El estaba la vida y la vida era la luz de los
hombres: y la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no se percataron de
ella. Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino para ser
testigo, para dar testimonio de la luz a fin de que todos creyeran por él. No
era él la luz, sino (que vino) para dar testimonio de la luz. Era la luz
verdadera, la que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. El estaba en el
mundo, y el mundo fué creado por El, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos
y los suyos no le recibieron. Mas, a los que le recibieron, les dió el poder de
hacerse hijos de Dios. Esto (concede también) a los que creen en su nombre, a
los que no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de la voluntad
de un varón, sino que han nacido de Dios. (Aquí se arrodilla.) Y el Verbo se
hizo carne, y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria del
Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
¡Oh Hijo eterno de Dios!, al lado del pesebre donde en el día de hoy te
dignas aparecer por amor nuestro, confesamos nosotros con la más humilde
reverencia, tu eternidad, tu omnipotencia, tu divinidad. Existías ya en el
principio; y estabas en Dios y eras Dios. Todo ha sido hecho por ti y nosotros
somos obra de tus manos. ¡Oh Luz infinita! i Oh Sol de justicia! Nosotros no
somos más que tinieblas; ilumínanos. Durante mucho tiempo hemos amado las
tinieblas y no te hemos comprendido; perdona nuestros errores. Durante mucho
tiempo has estado llamando a la puerta de nuestro corazón y no te hemos
abierto. Hoy al menos, gracias a los admirables recursos de tu amor, te hemos
recibido; porque, ¿quién sería capaz de no recibirte, oh divino Niño, tan dulce
y tan rebosante de ternura? Quédate, pues, con nosotros; lleva a feliz término
este nuevo Nacimiento que has efectuado en nosotros. No queremos ser ya de la
sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de
Dios, por Ti y en Ti. Te has hecho carne, oh Verbo eterno, para que nosotros
nos divinicemos. Sostén nuestra débil naturaleza, que desfallece ante una
dignidad tan grande. Tú naces del Padre, naces de María, naces en nuestros
corazones: ¡Gloria tres veces a Ti, por este triple nacimiento, oh Hijo de
Dios, tan misericordioso en tu divinidad, tan divino en tus humillaciones!
En el
Ofertorio, la Santa Iglesia recuerda al Emmanuel que el universo es obra suya,
pues El ha creado todas las cosas. Son ofrecidos los dones entre nubes de
incienso. El pensamiento de la Iglesia está siempre puesto en el Niño del
pesebre; y sus cantos vuelven a insistir en el poder y grandeza de Dios
encarnado.
OFERTORIO
Tuyos son los
cielos, y tuya es la tierra: tú fundaste el orbe de las tierras y su redondez;
justicia y juicio son la base de tu trono.
SECRETA
Santifica,
Señor, con la nueva Natividad de tu Unigénito, estos dones ofrecidos: y
límpianos a nosotros de nuestros pecados. Por el mismo Señor.
Durante la Comunión, el Coro celebra la dicha de la tierra, que ha visto
hoy a su Salvador gracias a la misericordia del Verbo, hecho visible en carne,
sin perder nada del brillo de su gloria. A continuación, la Iglesia, por boca
del Sacerdote, pide para sus hijos alimentados con la carne del Cordero
inmaculado, la participación en la inmortalidad de Cristo, el cual se ha
dignado darles en este día las primicias de una vida completamente divina al
tomar en Belén una existencia humana.
COMUNIÓN. — REALIZAR LA COMUNIÓN
ESPIRITUAL, VERDADERA COMUNIÓN [01]
Todos los confines de la tierra vieron la salud de
nuestro Dios.
POSCOMUNIÓN
Suplicámoste,
oh Dios omnipotente, hagas que, así como el Salvador del mundo nacido hoy, es
el autor de nuestra generación divina, así sea también el que nos dé la
inmortalidad. El cual vive y reina contigo.
Ha terminado el gran día y se acerca la noche para descansar con un sueño
reparador, de las fatigas pasadas en la vigilia de la gloriosa Natividad. Antes
de irnos a acostar, dediquemos un piadoso recuerdo a los santos Mártires de
quienes la Santa Iglesia ha hecho memoria en el día de hoy en su Martirologio.
Diocleciano y sus colegas en el imperio acababan de publicar el célebre edicto
de persecución que declaraba a la Iglesia la guerra más sangrienta que jamás
padeció. El edicto, clavado en las plazas de Nicomedia, residencia del
Emperador, había sido rasgado por un cristiano, que pagó con un glorioso
martirio aquel acto de santa audacia. Dispuestos a la lucha, los fieles se
atrevieron a desafiar el poder imperial y continuaron frecuentando su iglesia
condenada a ser demolida. Llegó el día de Navidad. En número de varios miles se
reunieron en el santo templo para celebrar por última vez el Nacimiento del
Redentor. Al saberlo Diocleciano, envió uno de sus oficiales con la orden de
cerrar las puertas de la Iglesia y prender fuego por los cuatro costados del
edificio. Tomadas estas medidas, por las ventanas de la basílica se dejaron oír
sonidos de trompeta, y los fieles escucharon la voz de un pregón que, de parte
del Emperador, brindaba la salida a quienes quisieran salvar la vida, con la
condición de que ofreciesen incienso a Júpiter en un altar que a este fin se
había levantado a la puerta de la iglesia; de lo contrario, serían presa de las
llamas. En nombre de la piadosa reunión respondió un cristiano: "Somos
todos cristianos; adoramos a Cristo como a Dios único y único Rey; y estamos
dispuestos a sacrificarle hoy nuestras vidas." Al oír esta respuesta, los
soldados recibieron orden de encender el fuego; en un momento la iglesia se
convirtió en una horrible hoguera cuyas llamas subían hacia el cielo, enviando
en holocausto al Hijo de Dios, que en este día se dignó dar principio a su
existencia humana, la ofrenda generosa de aquellos miles de vidas que daban
testimonio de su venida a este mundo. De este modo fué honrado en Nicomedia, en
el año 303, el Emmanuel bajado de los cielos para morar entre los hombres.
Unamos con la Santa Iglesia el homenaje de nuestros votos al de estos heroicos
cristianos cuya memoria se conservará hasta el fin de los siglos, gracias a la
santa Liturgia.
Traslademos una vez más nuestro pensamiento y nuestro corazón al feliz
establo donde María y José hacen compañía al divino Niño. Volvamos a adorar al
recién nacido y pidámosle su bendición. San Buenaventura, en sus Meditaciones
sobre la vida de Jesucristo, expresa con una ternura digna de su seráfica alma
los sentimientos de que debe estar poseído el cristiano ante la cuna del Niño
Jesús: "Tú también, que tanto lo has diferido, dobla la rodilla, adora al
Señor tu Dios; venera a su Madre y saluda con reverencia al santo viejo José;
luego besa los pies del Niño Jesús, que yace en su cunita, y ruega a Nuestra
Señora que te lo entregue y te permita cogerle. Tómale en tus brazos, guárdale
y contempla bien su amable rostro; bésale con respeto y deléitate en él con
confianza. Puedes hacer todo eso, porque ha venido precisamente para salvar a
los pecadores, ha hablado con mansedumbre y por fin se ha dado a ellos en
alimento. Por eso en su dulzura se dejará tocar pacientemente cuanto tú
quieras, y no lo atribuirá a presunción sino a cariño."
—DOM PRÓSPERO GUÉRANGER, El Año
Litúrgico, Primera Edición Española Traducida Y Adaptada Para Los Países Hispano-Americanos
Por Los Monjes De Santo Domingo De Silos.
NIHIL OBSTAT: F.R. FRANCISCVS
SÁNCHEZ. 0. S. H. Censor ordinis.
IMPRIMATVR: P. ISAAC M. TORIBIOS,
Abbas Silensis, Ex Monasterio Sancti Dominici de Silos, die 7.I.1953
Notas
[01] COMUNIÓN ESPIRITUAL,
VERDADERA COMUNIÓN: https://www.facebook.com/photo?fbid=381902818003537&set=a.235028616024292
[1] Los sacramentarlos gelaslano y gregoriano mencionan
las tres misas de Navidad. Pero al principio del siglo V, no habla más que una
sola misa, la del día, que se celebraba en S. Pedro. La Institución de la misa
de media noche data desde fines del siglo V.
[2] Fue en el siglo v cuando se Introdujo una Misa que tenía por objeto
celebrar el dies natalis de Santa Anastasia, virgen y mártir, de Sirmium, cuyo
cuerpo habia sido trasladado a Constantinopla bajo el patriarca Genadio,
(458-471) y depositado en la iglesia llamada Anástasis. La semejanza del nombre
hizo que en Roma se escogiera para la celebración de esta Misa el titulus
Anastasiae, llamada asi por el nombre de la fundadora de esta iglesia, que era
la iglesia parroquial de la Corte.
A fines del siglo v o principios del vi, Santa Anastasia ocupó un lugar en
el Canon de la Misa. Al mismo tiempo se formó la leyenda de una Santa Anastasia
romana, que fué a padecer martirio a Sirmium. Cuando la fiesta de Navidad
recibió una mayor solemnidad, disminuyó la devoción a la Santa; en vez de una
misa en su honor no se hacía más que una memoria de la mártir, y la misa fué
dedicada a honrar
[3] In
Natalem Domini, V, 14.
[4] Ibid.,
I. 3.
[5] Los documentos antiguos ponen como lugar de la Estación la Basílica de
San Pedro, pero desde el siglo xii se eligió a Santa María la Mayor "por
la brevedad del día y luz y las dificultades del camino", dice el Ordo.
Romanus.
[6] Los sacramentarlos gelasiano y gregoriano mencionan las tres
misas de Navidad. Pero al principio del siglo v, no habla más que una sola
misa, la del día, que se celebraba en S. Pedro. La Institución de la misa de
media noche data desde fines del siglo V.
[7] Fué en el siglo v cuando se Introdujo una Misa que tenía por
objeto celebrar el dies natalis de Santa Anastasia, virgen y mártir, de
Sirmium, cuyo cuerpo habia sido trasladado a Constantinopla bajo el patriarca
Genadio, (458-471) y depositado en la iglesia llamada Anástasis. La semejanza
del nombre hizo que en Roma se escogiera para la celebración de esta Misa el
titulus Anastasiae, llamada asi por el nombre de la fundadora de esta iglesia,
que era la iglesia parroquial de la Corte. A fines del siglo v o principios del
vi, Santa Anastasia ocupó un lugar en el Canon de la Misa. Al mismo tiempo se
formó la leyenda de una Santa Anastasia romana, que fué a padecer martirio a
Sirmium. Cuando la fiesta de Navidad recibió una mayor solemnidad, disminuyó la
devoción a la Santa; en vez de una misa en su honor no se hacía más que una
memoria de la mártir, y la misa fué dedicada a honrar el nacimiento espiritual
del Salvador en las almas
[8] In
Natalem Domini, V, 14.
[9] Ibid.,
I. 3.
[10] Los documentos antiguos ponen como
lugar de la Estación la Basílica de San Pedro, pero desde el siglo XII se
eligió a Santa María la Mayor "por la brevedad del día y luz y las
dificultades del camino", dice el Ordo Romanus.


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