EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
NOMBRE DE LA FIESTA.— La fiesta de
Epifanía es continuación del misterio de Navidad; pero se presenta en
el ciclo litúrgico con una grandeza. Su nombre, que significa
Manifestación, indica bien claramente que su objeto es honrar
la aparición de un Dios en medio de los hombres.
Efectivamente, durante muchos siglos se
dedicó este día a la celebración del Nacimiento del Salvador; y cuando los
decretos de la Santa Sede obligaron a todas las Iglesias a
celebrar en lo sucesivo con Roma, el misterio de Navidad el día 25 de
diciembre, el 6 de enero no quedó del todo privado de su antigua gloria.
Conservó el nombre de Epifanía con el glorioso recuerdo del Bautismo
de Jesucristo, cuyo aniversario fija una tradición en este día.
La Iglesia griega da a esta fiesta el
misterioso y venerable nombre de Teofanía, nombre célebre en la antigüedad para
significar una Aparición divina. Se halla este vocablo en Eusebio, en San
Gregorio de Nacianzo, en San Isidoro de Pelusa; es el nombre propio de
esta fiesta en los libros litúrgicos de la Iglesia griega.
Los Orientales la llaman aún las Santas
Luces, a causa del Bautismo que se administraba antiguamente en este día,
en memoria del Bautismo de Jesucristo en el Jordán. Es sabido que los
Padres llamaban al Bautismo, Iluminación y a los que lo recibían,
iluminados.
Nosotros la llamamos familiarmente,
Fiesta de Reyes, en recuerdo de los Magos, cuya llegada a Belén se
conmemora de un modo particular en este día.
La Epifanía participa con las fiestas de
Navidad, Pascua, la Ascensión y Pentecostés del honor de ser calificada de
día santísimo, en el canon de la Misa; se la considera como una
de las fiestas cardinales, es decir, una de las fiestas sobre las que
descansa la economía del Año litúrgico. De ella toma su nombre una serie
de seis Domingos, lo mismo que otras toman el título de Domingos de Pascua
o Domingos de Pentecostés.
A consecuencia del Concordato hecho en
1801 entre Pío VII y el Gobierno francés, el legado Caprara, llegó a
una reducción de fiestas, y la piedad de los fieles vió con gran pena
suprimidas muchas de ellas. Fueron numerosas las que, sin ser
suprimidas, se trasladaron al Domingo siguiente. Epifanía fué una de ellas, de
manera que cuando el 6 de enero no cae en Domingo, nuestras Iglesias
(el autor habla de Francia) aplazan hasta el próximo domingo el esplendor de
un día tan celebrado en todo el mundo católico. Esperemos que luzcan días
mejores para nuestra Iglesia, y que un futuro más afortunado nos devuelva
el gozo de que nos privó durante un tiempo la prudente condescendencia de
la Santa Sede.
Es, pues, un gran día la fiesta de la
Epifanía del Señor; la alegría causada por la Natividad del Niño
Dios, debe seguir aumentando en esta fiesta. En efecto, los nuevos
destellos de Navidad nos muestran con u n nuevo esplendor; la gloria del
Verbo Encarnado; y sin hacernos perder de vista los inefables encantos del
divino Niño, manifiestan en todo el brillo de su divinidad, al Salvador
que amorosamente se nos ha mostrado. Los pastores no son los únicos
llamados por los Ángeles a reconocer al VERBO HECHO CARNE; también el
género humano, y la naturaleza entera son invitados por la misma voz
de Dios a adorarle y escucharle.
MISTERIOS DE ESTA FIESTA.— Ahora bien,
en medio de los misterios de su divina Epifanía, tres rayos del Sol
de justicia descienden hasta nosotros. En el ciclo de la Roma pagana,
este día, 6 de enero, estuvo dedicado a celebrar el triple triunfo de
Augusto, autor y pacificador del Imperio; pero cuando nuestro Rey
pacífico cuyo imperio es eterno y no tiene limites, decidió la victoria de
su Iglesia por medio de la sangre de sus mártires, la Iglesia juzgó con
la divina Sabiduría que la asiste, que un triple triunfo del
Emperador inmortal, debía sustituir en el nuevo ciclo, a las tres
victorias del hijo adoptivo de César. Así pues, la memoria del Nacimiento
del Hijo de Dios quedó asignada al día 25 de diciembre; pero, en cambio,
en la ñesta de Epifanía vinieron a juntarse tres manifestaciones de la
gloria de Cristo: el misterio de los Magos venidos de Oriente, guiados
por la estrella, para honrar la realeza divina del. Niño de Belén; el
misterio del Bautismo de Cristo, proclamado Hijo de Dios en las
aguas del Jordán, por la voz del mismo Padre celestial; y, por ñn, el
misterio del divino poder de Cristo, que convirtió el agua en vino en el
banquete simbólico de las bodas de Caná.
¿Es también el aniversario de su
realización, el día dedicado a la memoria de estos tres prodigios? Es
cuestión debatida. Pero, bástales a los hijos de la Iglesia el que ella
haya fijado en el día de hoy la conmemoración de estas tres manifestaciones
para que sus corazones celebren con entusiasmo los triunfos del Hijo
divino de María.
Si pasamos ahora a considerar en
particular las varias facetas que ofrece el objeto de esta fiesta,
observaremos al instante que, de los tres misterios que honra la Iglesia
en este día, la adoración de los Magos es el subrayado con mayor
complacencia. La mayoría de los cantos del Oficio y de la Misa están
destinados a celebrarlo, y los dos grandes Doctores de la Sede Apostólica
, San León y San Gregorio, en sus Homilías sobre esta fiesta, parece que
han querido insistir únicamente en ese punto, aunque no dejen de reconocer
con San Agustín, San Paulino de Ñola, San Máximo de Turín, San Pedro
Crisólogo, San Hilario de Arlés y San Isidoro de Sevilla, el triple
misterio de Epifanía. El motivo de esta preferencia de la Iglesia
Romana por el misterio de la vocación de los Gentiles, se funda en
que es sumamente glorioso para Roma, la cual, de cabeza de la gentilidad,
había pasado a ser Cabeza de la Iglesia cristiana y de la humanidad,
gracias a la celestial vocación que hoy, y en la persona de los Magos,
llama a todos los pueblos a la admirable luz de la fe.
La Iglesia griega no hace hoy mención
especial de la adoración de los Magos, sino que une este misterio al del
Nacimiento del Salvador en sus Oficios de Navidad. Todas sus alabanzas,
en la fiesta de hoy, tienen por objeto único el Bautismo de Jesucristo.
La Iglesia latina celebra el segundo
misterio de la Epifanía junto con los dos restantes, el 6 de enero.
En el Oficio de hoy se le menciona con frecuencia; pero, lo que más llama
la atención de la Roma cristiana es la llegada de los Magos ante la cuna
del nuevo Rey; por eso, era necesario dedicar otro día al misterio de la
santificación de las aguas, para que fuese su memoria dignamente honrada. El
día escogido por la Iglesia de Occidente para honrar de un
modo especial el Bautismo del Salvador, fué la Octava de Epifanía.
Lo mismo ocurrió con el tercer misterio
de Epifanía, un tanto eclipsado por el esplendor del primero, aunque
recordado repetidas veces en los cantos de esta fiesta; su celebración
particular, fué trasladada a otro día, es decir al segundo domingo después de
Epifanía.
Muchas Iglesias asociaron al misterio de
la; conversión del agua en vino, el de la multiplicación de los panes, que
tiene muchas analogías con el primero, y en el que el Salvador manifestó
también su poder divino; pero la Iglesia Romana, aunque toleró esa
costumbre en los ritos Ambrosiano y Mozárabe, no lo admitió nunca en
el suyo, con el fin de conservar el día 6 de enero, el número de tres que
debe señalar en el ciclo los triunfos de Cristo; y también porque San Juan nos
enseña en su Evangelio que el milagro de la multiplicación de los panes
se. realizó en la proximidad de la Pascua, lo que de ningún modo podría
convenir a la época del año en que se celebra la Epifanía. Démonos,
pues, de lleno al regocijo en tan bello día, y en esta fiesta de la
Teofanía, de las santas Luces, de los Reyes Magos, consideremos
con amor el brillo deslumbrante de nuestro Sol divino que sube con
pasos de gigante, como dice el Salmista (Salmo XVIII), y que derrama sobre
nosotros sus oleadas de luz, dulce y esplendorosa. Los pastores que
acudieron a la voz del Ángel han visto ya reforzado su fiel grupito; el
príncipe de los Mártires, el Discípulo amado, la virginal cohorte de los
Inocentes, el glorioso Santo Tomás, San Silvestre, el patriarca de la paz,
no son ya los únicos en velar ante la cuna del Emmanuel; sus filas se
abren ahora para dar paso a los Reyes de Oriente, portadores de los
votos y adoraciones de toda la humanidad. El humilde establo es ya
estrecho para tan gran concurrencia; Belén aparece amplio como el universo.
María, trono de la divina Sabiduría, acoge con su graciosa sonrisa de Madre
y Reina a todos los miembros de esta corte; presenta a su Hijo a
la adoración de la tierra y a las complacencias del cielo. Dios
se manifiesta a los hombres porque es grande; mas
se manifiesta por medio de María porque es misericordiosa.
RECUERDOS HISTÓRICOS.— En los primeros siglos
de la Iglesia, hallamos dos notables sucesos ocurridos en esta fecha memorable
que nos reúne al rededor del Rey pacífico. El 6 de enero de 361, el
César Juliano, apóstata ya en su corazón, se encontraba en Viena de las Galias,
la víspera de subir al trono imperial que pronto iba a dejar vacante
la muerte de Constancio. Necesitaba todavía del apoyo de aquella
Iglesia cristiana, en la que se decía, había incluso recibido el grado de
Lector, y a la que a pesar de todo se disponía a atacar con la astucia y
ferocidad del tigre. Nuevo Herodes, astuto como el antiguo, quiso también
en este día de Epifanía acudir a adorar al Rey recién nacido. Según
el relato de su panegirista Amiano Marcelino, se vió al coronado
filósofo salir del impío santuario donde consultaba secretamente a los
arúspices, y entrar luego en los pórticos de la Iglesia, y en medio de la
asamblea de los .fieles ofrecer al Dios de los cristianos un homenaje tan
solemne como sacrílego.
Once años más tarde, en 372, otro
emperador penetraba también en la Iglesia, en esta misma fiesta de
Epifanía. Era Valente, cristiano por el bautismo como Juliano, pero
perseguidor, en nombre del arrianismo, de aquella misma Iglesia que
Juliano atacaba en nombre de sus dioses impotentes y de su vana filosofía.
La evangélica libertad de un santo Obispo derribó a Valente a los pies de
Cristo Rey, el mismo día en que la diplomacia había obligado a Juliano
a inclinarse ante la divinidad del Galileo.
Acababa de salir San Basilio de su
célebre entrevista con el prefecto Modesto, en la cual había logrado
salir vencedor de la violencia del mundo, gracias a la libertad de su
temple de Obispo. Llega Valente a Cesárea, rebosando impiedad arriana su
corazón y se dirige a la basílica donde el Pontífice está celebrando con
su pueblo la gloriosa Teofanía. "Pero, como dice elocuentemente San
Gregorio Nacianceno, a penas hubo pasado el emperador el umbral del
sagrado recinto, cuando el canto de los salmos resonó en sus oídos como un
trueno. Contempla con estremecimiento a la muchedumbre de los fieles
semejantes a un mar. El orden y la belleza del santuario brillan a su vista con
una majestad más angélica que humana. Pero lo que mayor impresión le
causa, es aquel Arzobispo, de pie en presencia de su pueblo, con -el
cuerpo, los ojos y el alma t a n serenos como si nada hubiera pasado,
entregado por entero a Dios y al altar. Valente contempla también a los
ministros sagrados, inmóviles en su recogimiento, invadidos por el santo
respeto de los Misterios. Nunca había asistido el Emperador a un
espectáculo tan augusto; su vista se nubla, se le inclina la cabeza y su alma
se halla embargada de admiración y espanto."
El Rey de los siglos, Hijo de Dios e Hijo
de María, había vencido. Valente observa que se desvanecen sus
proyectos de violencia contra el santo Obispo; y si en aquel momento no
adoró, al Verbo consusbtancial al Padre, al menos unió su homenaje
externo al de la grey de Basilio. Al Ofertorio, se adelantó hacia el altar
y presentó sus dones a Cristo en la persona de su Pontífice. Y estaba
t a n visiblemente nervioso ante el temor de que Basilio no los quisiese
aceptar, que los ministros del templo tuvieron que sostenerle con sus
brazos para que, en su azoramiento, no cayera al pie mismo del altar.
De este modo fué honrada en esta gran
solemnidad la Realeza del Salvador recién nacido por los poderosos de este
mundo a quienes se vió, conforme a la profecía del salmo, derribados
y lamiendo la tierra a sus pies. (Salmo LXXI.)
No obstante, debían venir nuevas
generaciones de emperadores y reyes que doblarían su rodilla y ofrecerían a
Cristo Rey el homenaje de un corazón rendido y ortodoxo. Teodosio,
Carlomagno, Alfredo el Grande, Esteban de Hungría, Eduardo el Confesor,
Enrique II el Emperador, Fernando de Castilla, Luis IX de Francia
fueron grandes devotos de este día; y tuvieron a gala presentarse con
los Reyes Magos a los pies del divino Niño, para ofrecerle como ellos sus
tesoros.
En la corte de Francia (según testimonio del continuador
de Guillermo de Nangis) se conservó hasta el año 1378 y más adelante, la
costumbre de que el Rey cristianísimo, al llegar el
ofertorio, ofreciese como tributo al Emmanuel, oro, incienso y mirra.
COSTUMBRES.— Mas la presentación de
los tres místicos dones de los Magos no era costumbre exclusiva de la
corte de los reyes; en la edad media la piedad de los fieles ofrecía
también al sacerdote para que los bendijese en la fiesta de Epifanía, oro,
incienso y mirra, conservándose en honor de los tres Reyes estas
señales sensibles de su devoción para con el Hijo de María como prenda de
bendición para las casas y familias. En algunas diócesis de Alemania se
ha conservado esta costumbre.
Otra práctica inspirada también en la
ingenua piedad de los tiempos de fe, ha subsistido durante más tiempo. Con el
fin de honrar la realeza de los Magos llegados de Oriente para ver al
Niño de Belén, se elegía un Rey a suertes en cada familia, al llegar esta
fiesta de Epifanía. En un banquete animado de la más sana alegría y
que recordaba el de las bodas de Galilea, se partía un pastel; una de sus
partes servía para señalar al invitado sobre el que debía recaer
la pasajera realeza. Las otras dos partes del pastel eran separadas
para ofrecérselas al Niño Jesús y a María, en la persona de los pobres,
los cuales de esta manera participaban también del triunfo del Rey
pobre y humilde. Una vez más las alegrías familiares se mezclaban con las
religiosas; los lazos naturales, de la amistad del vecindario, se
estrechaban en torno a esta mesa de los Reyes; mas si algunas veces no se
celebraba tal festín, con todo eso, la idea cristiana, permanecía viva en
el fondo de los corazones.
Dichosas aún hoy las familias en cuyo
seno se celebra la fiesta de Reyes con un sentido cristiano. Durante mucho
tiempo, un falso celo clamó contra estas prácticas ingenuas en las
que la seriedad de los pensamientos de la fe, iba unida a las
expansiones de la vida doméstica; bajo pretexto de peligro de excesos se
atacó a estas tradiciones de familia, como si los banquetes ajenos a toda
idea religiosa estuvieran más libres de intemperancias. Merced a un
descubrimiento, difícil tal vez de justificar, se llegó a pretender que el
pastel de Epifanía y la inocente realeza que le acompaña, no eran más que
una imitación de las Saturnales paganas, como si fuera la primera vez
que las antiguas fiestas paganas sufrían una transformación cristiana.
El resultado de esta imprudente táctica debía ser y fué en este
punto, lo mismo que en otros muchos, el alejar de la Iglesia las costumbres
familiares el desterrar de nuestras tradiciones las manifestaciones
religiosas, y el contribuir a la llamada secularización de la sociedad.
Mas, volvamos ya a contemplar el triunfo
del Real Niño, cuya gloria brilla en este día con tanto esplendor. La
Santa Iglesia va a iniciarnos por sí misma en los misterios que vamos a
celebrar. Revistámonos de la fe y de la obediencia de los Magos; adoremos
con el Precursor al Divino Cordero sobre el cual se abren los cielos; tomemos
asiento .en el místico convite de Caná, presidido por nuestro Rey, tres
veces manifestado, y tres veces glorioso. Mas, no perdamos de vista al
Niño de Belén en los dos últimos prodigios; y no dejemos tampoco de ver en
El al gran Dios del Jordán, y al Señor de los elementos.
MISA
QUE SOLO PUEDE SER OFICIADA SEGÚN LAS RÚBRICAS DE LA IGLESIA, QUE CONDENAN
EL ACCIONAR IRREGULAR Y ACATÓLICO DE CONCILIARES DEL VATICANO II, THUCISTAS Y
LEFEBVRISTAS
En Roma, la Estación se celebra en San Pedro del Vaticano, junto a la tumba del
Príncipe de los Apóstoles, a quien fueron dadas en Cristo y en
herencia, todas las naciones de la tierra.
La Iglesia comienza los cantos de la Misa solemne proclamando la llegada
del gran Rey esperado por la tierra, y sobre cuyo nacimiento vinieron
los Magos a Jerusalén a consultar los oráculos de los Profetas.
INTROITO
Aquí viene el Señor Dominador: y en su mano están el
reino y la potestad, y el imperio. Salmo: Oh Dios, da tu juicio al Rey: y
tu justicia al Hijo del Rey. — V. Gloria al Padre.
Después del cántico angélico, la Santa Iglesia, animada por el resplandor de la
estrella que conduce a la Gentilidad a la cuna del Divino Rey, pide
en la Colecta, la gracia de contemplar aquella luz viviente, a la que
dispone la fe, y cuyos destellos nos han de iluminar eternamente,
ORACIÓN
Oh Dios, que por medio de una estrella, revelaste
en este día tu Unigénito a las gentes: haz propicio que, los que ya
te hemos conocido por la fe, seamos elevados hasta la contemplación de la
imagen de tu alteza. Por el mismo Señor.
EPÍSTOLA
Lección del Profeta
Isaías. (LX, 1-6.)
Levántate, ilumínate, Jerusalén: porque ha
llegado tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti. Porque he
aquí que las tinieblas cubrirán la tierra, y la oscuridad los pueblos: mas,
sobre ti nacerá el Señor, y su gloria será vista en ti. Y caminarán las
gentes en tu luz, y los reyes al resplandor de tu astro. Alza tus
ojos en torno, y mira: todos estos se h a n reunido, h a n venido a ti:
tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas surgirán de todas partes. Entonces
verás y brillarás y se admirará y se dilatará tu corazón, cuando se
hubiere vuelto a ti la multitud del mar y hubiere acudido a ti la
fortaleza de las gentes. Te cubrirá una inundación de camellos y
dromedarios de Madián y Efa: vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e
incienso, y tributando alabanza al Señor.
¡Oh inefable gloria de este gran día, en el cual comienzan su marcha las
naciones hacia la verdadera Jerusalén, hacia la Iglesia! ¡Oh misericordia
del Padre celestial que ha tenido a bien acordarse de todos esos pueblos
sepultados en las sombras de la muerte y del pecado! He ahí que ha
surgido la gloria del Señor sobre la ciudad santa, y los Reyes se ponen en
camino para contemplarla. La angostura de Jerusalén no es capaz ya de
albergar las oleadas de naciones; pero otra santa ciudad se ha levantado;
y hacia ella se va a dirigir esa inundación de pueblos gentiles de
Madián y de Efa. ¡Oh Roma, ensancha tu seno, con maternal alegría! Tus
armas te habían conquistado esclavos; hoy son hijos los que llegan en
tropel a tus puertas; levanta la vista y mira: todo es tuyo; toda la
humanidad va a renacer en tu seno. Abre tus brazos de madre; acógenos a
todos los que venimos del Aquilón y del Mediodía, llevando el incienso y el
oro a Aquel que es Rey tuyo y nuestro.
GRADUAL
Vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e
incienso, y - tributando alabanzas al Señor. — V. Levántate
e ilumínate, Jerusalén: porque la gloria del Señor ha nacido sobre
ti.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. —- V.
Vimos su estrella en Oriente, y venimos
con dones a
adorar.al Señor. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo
Evangelio según San Mateo. (II, 1-12.)
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, en los días
del Rey Herodes, he aquí que unos Magos vinieron del Oriente a Jerusalén,
diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos, que h a nacido? Porque hemos
visto su estrella en Oriente, y venimos a adorarle. Y, oyendo esto el
rey Herodes, se turbó y toda Jerusalén con él. Y, convocando a todos los
príncipes de los sacerdotes, y a los escribas del pueblo, les preguntó
dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Belén de Judá:
porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá: porque de ti saldrá
el Caudillo que regirá á mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando en
secreto a los Magos, se enteró bien por ellos de la aparición de la
estrella: y, enviándolos a Belén, dijo: Id, y preguntad con diligencia por
el Niño; y, después que le halléis,, decídmelo a mí, para que, yendo
yo también le adore. Y ellos, habiendo oído al rey se fueron. Y he aquí
que la estrella, que habían visto en Oriente, los precedía hasta que,
llegando, se paró sobre donde estaba el Niño. Y, al ver la
estrella, se regocijaron con grande gozo. Y, entrando en la
casa, encontraron al Niño con su Madre María (aquí se arrodilla): y,
postrándose le adoraron. Y, abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones, oro,
incienso y mirra. Y, avisados en sueños, para que no tornasen a
Herodes, regresaron a su patria por otro camino.
Los Magos, primicias de la gentilidad, han sido presentados al gran Rey a
quien buscaban, y nosotros los hemos seguido. Como a ellos, el
Niño nos ha sonreído. Con esa sonrisa hemos olvidado todas las fatigas del
largo camino que conduce a Dios; el Emmanuel permanece con nosotros, y nosotros
con El. Belén que nos ha recibido, nos guarda ya para siempre; porque
en Belén tenemos al Niño y a María SM Madre. ¿En qué lugar del mundo
podríamos hallar bienes tan preciosos? Supliquemos a la
incomparable Madre que nos presente Ella misma a ese Hijo que es
nuestra luz, nuestro amor, nuestro Pan de vida, cuando nos acerquemos al
altar a donde nos dirige la estrella de la fe. Abramos
nuestros tesoros e n ese instante; llevemos en la mano el oro, el
incienso y la mirra para el recién nacido. Seguramente que aceptará de buen
grado nuestros dones, y no se hará esperar. Como los Magos, también
nosotros entregaremos nuestros corazones al divino Rey, cuando nos
retiremos; y también nosotros volveremos a entrar por otro camino,
por una senda completamente nueva, en esta patria terrena, que nos
albergará hasta el día, en que la vida y la luz eterna vengan
a absorber en nosotros todo lo que tengamos de mortal y caduco.
En las Iglesias catedrales y otras de importancia, después del canto del
Evangelio, se anuncia al pueblo el día de la celebración de la próxima fiesta
de Pascua. Esta costumbre, que remonta a los primeros siglos de la Iglesia,
nos recuerda el misterioso lazo que une a todas las grandes
solemnidades del Año litúrgico y también la importancia que los fieles deben
dar a la celebración de la fiesta de Pascua, que es la mayor de todas
ellas y centro de la religión cristiana. Quédanos después de haber
honrado al Rey de las naciones en Epifanía, honrar a su debido
tiempo, al triunfador de la muerte. He aquí cómo se hace el solemne
anuncio:
ANUNCIO DE LA PASCUA
Sabed, carísimos hermanos, que como por la misericordia
de Dios, hemos saboreado las alegrías del Nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo, así os anunciamos hoy el próximo gozo de la Resurrección de
este mismo Dios y Salvador nuestro. El día... será Domingo de
Septuagésima. El día... será el miércoles de Ceniza y el comienzo del ayuno de
la santa Cuaresma. El día... celebraremos con entusiasmo la santa Pascua de
Nuestro Señor Jesucristo. El segundo domingo después de Pascua tendremos
el Sínodo diocesano. El día... se celebrará la Ascensión de Nuestro Señor
Jesucristo. El día... la fiesta de Pentecostés. El día... la fiesta
de Corpus Christi. El día... será el primer Domingo del Adviento de
Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dado honor y gloria por los siglos
de los siglos. Amén.
Al presentar a Dios en el Ofertorio los dones del pan y vino, la Santa
Iglesia toma las palabras del Salmista y celebra a los Reyes de Tarsis, de
Arabia y de Sabá, a todos los reyes de la tierra y a todos los pueblos que
acuden con sus presentes ante el recién nacido.
OFERTORIO
Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán
dones: los reyes de Arabia y de Sabá llevarán presentes: y le
adorarán todos los reyes de la tierra: todas las gentes le servirán.
SECRETA
Suplicámoste, Señor, mires propicios los dones de
tu Iglesia, en los cuales se te ofrece, no oro, incienso y mirra, sino lo
que con dichos dones se declara, se inmola y se consume: Nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive.
El Prefacio de la Misa de Epifanía es propio de esta fiesta y de su
Octava.
La Iglesia canta en él la luz inmortal que aparece a través de los velos
de la humanidad, bajo cuya envoltura amorosa ocultó su gloria el
Verbo divino.
PREFACIO
Realmente es algo digno y justo, equitativo y saludable
que, siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre
omnipotente, eterno Dios: porque cuando tu Unigénito apareció en la
sustancia de nuestra mortalidad, nos reparó con la nueva luz de su
inmortalidad. Y, por eso, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos
y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celeste, cantamos
el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: ¡Santo, Santo, Santo!
En la Comunión, la Santa Iglesia unida a su Rey y Esposo, canta a la
Estrella, mensajera de tan gran dicha, felicitándose de haberse
servido de su luz para hallar a quien buscaba.
COMUNIÓN. — REALIZAR LA COMUNIÓN ESPIRITUAL,
VERDADERA COMUNIÓN [1]
Vimos su estrella en
Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor.
Gracias tan insignes exigen de nosotros una extrema fidelidad; la Iglesia
la pide en Poscomunión, implorando el don de inteligencia y la pureza que
reclama un misterio tan inefable.
POSCOMUNIÓN
Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, lo que
celebramos con solemne culto, lo consigamos con pura inteligencia. Por el
Señor.
También nosotros venimos a adorarte, oh Cristo, en esta regia Epifanía que
reúne hoy a tus pies a todas las naciones. Nosotros seguimos la
huella de los Magos; porque hemos visto también la estrella y hemos acudido.
¡Gloria a ti, Rey nuestro!, a ti que dices en el Cántico de tu abuelo
David: "He sido entronizado Rey sobre Sión, sobre el monte santo,
para anunciar la ley del Señor. El Señor me dijo que me daría
los pueblos por herencia, y un Imperio hasta los confines de la
tierra. Comprended, pues, ahora ¡oh reyes! ¡Enteraos los que gobernáis el
mundo"! (Salmo II.)
Pronto dirás, oh Emmanuel por tu propia boca: "Todo poder me ha sido
dado en el cielo y en la tierra" (San Mateo XXVIII); y
algunos años más tarde, todo el universo te estará sujeto. Jerusalén se
estremece ya; tiembla en su trono Herodes; y se acerca el momento en
que los heraldos de tu venida, van a anunciar a toda la tierra, que
acaba de llegar el que era esperado. La palabra que ha de someterte al
mundo está ya para salir; como un vasto incendio se propagará por todas
partes. En vano t r a t a r á n de detener su curso los poderosos de la tierra.
Un Emperador, propondrá al Senado, como último recurso, colocarte con
toda solemnidad entre los dioses que vienes a derribar; otros pensarán
que es posible abatir tu dominio, asesinando a tus soldados.
¡Inútiles empeños! Día vendrá en que la señal de tu poderío adornará las
banderas pretorianas, en que los Emperadores vencidos pondrán a tus
pies sus diademas, en que la orgullosa Roma dejará de ser la capital del
imperio de la fuerza, para convertirse para siempre en el centro de tu imperio
pacífico y universal.
Hoy vemos ya despuntar la aurora de este día maravilloso; tus conquistas
comienzan hoy; ¡oh Rey de los siglos! Desde el fondo del
Oriente descreído llamas a las primicias de esa gentilidad que tenías
abandonada, y que en adelante va a formar parte de tu herencia. No habrá
ya distinción entre el Judío y el griego, entre el Escita y el
bárbaro. Durante muchos siglos, la raza de Abrahán fué tu predilecta; en
adelante lo seremos nosotros, los Gentiles; Israel fué sólo un
pueblo, y nosotros en cambio somos numerosos como la arena del mar y como las
estrellas del cielo. Israel vivió bajo la ley del temor; la ley del
amor fué reservada para nosotros.
Desde el presente día comienzas, oh divino Rey, a desechar a la Sinagoga
que desprecia tu amor; hoy, en la persona de los Magos aceptas como
Esposa a la Gentilidad. Pronto esta unión será proclamada en la cruz,
desde la cual extenderás los brazos hacia la multitud de los pueblos,
volviendo la espalda a la ingrata Jerusalén. ¡Oh alegría inefable la de tu
Nacimiento, pero más inefable aún la de tu Epifanía, en la que nos es
dado, a nosotros los hasta aquí desheredados, acercarnos a ti y ofrecerte
nuestros dones, viéndolos aceptados, oh Emmanuel, por tu clemencia!
¡Gracias sean, pues, dadas a ti, oh Niño omnipotente, "por el inefable don
de la fe" (II Cor., IX, 15) que nos traslada de la muerte a la
vida, de las tinieblas a la luz! Mas, haz que comprendamos siempre la
magnitud de tan magnífico presente, y la santidad de este gran día en
que has hecho alianza con toda la raza humana, para llegar con ella a
ese sublime matrimonio de que habla tu elocuente Vicario, Inocencio III:
"matrimonio, dice, que fué prometido al patriarca Abrahán, jurado al
rey David, realizado en María al hacerse Madre, y en el día de hoy, consumado,
confirmado y publicado: consumado en la adoración de los Magos, confirmado
en el Bautismo del Jordán, y publicado en el milagro de la conversión del
agua en vino." En esta fiesta nupcial, en que tu Esposa la Iglesia a
penas nacida, recibe ya los honores de Reina, cantaremos, oh Cristo, con
el entusiasmo de nuestros corazones, esa sublime Antífona de Laudes,
en donde los tres misterios se funden tan maravillosamente en uno solo, el
de tu Alianza con nosotros:
Ant. Hoy se une la Iglesia al celestial Esposo:
son lavados sus pecados por Cristo en el Jordán; acuden los Magos a
las regias bodas, llevando consigo presentes; se cambia el agua en vino y se
alegran los convidados. Aleluya.
—DOM PRÓSPERO
GUÉRANGER, El Año Litúrgico, Primera Edición Española Traducida Y Adaptada Para
Los Países Hispano-Americanos Por Los Monjes De Santo Domingo De Silos.
NIHIL OBSTAT:
F.R. FRANCISCVS SÁNCHEZ. 0. S. H. Censor ordinis.
IMPRIMATVR: P.
ISAAC M. TORIBIOS, Abbas Silensis, Ex Monasterio Sancti Dominici de Silos, die
7.I.1953
[1] COMUNIÓN ESPIRITUAL, VERDADERA
COMUNIÓN: https://www.facebook.com/photo?fbid=381902818003537&set=a.235028616024292


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