FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS
DOMINGO ENTRE LA CIRCUNCISIÓN Y LA
EPIFANÍA O EL 2 DE ENERO
Para
la celebración de esta fiesta fue escogido en su principio el segundo domingo
después de Epifanía, que recuerda el banquete de las bodas de Caná. Es
precisamente el día de la boda, cuando el nombre del Esposo pasa a ser
propiedad de la Esposa; ese nombre significará que en adelante es suya.
Queriendo honrar la Iglesia con un culto especial un nombre tan precioso, unió
su recuerdo al de las bodas divinas. Hoy, une a la celebración de este augusto
Nombre, el aniversario del día en que le fué impuesto, ocho días después del
Nacimiento.
El
Antiguo Testamento había rodeado el Nombre de Dios de un profundo terror; este
nombre era entonces tan temible como santo, y no todos los hijos de Israel
tenían el honor de pronunciarlo. Aún no había aparecido Dios en la tierra
conversando con los hombres; todavía no se había hecho hombre uniéndose a
nuestra débil naturaleza; no podíamos, pues, darle ese nombre amoroso y tierno
que la Esposa da al Esposo. Pero, cuando llega la plenitud de los tiempos,
cuando el misterio del amor está próximo a aparecer, el nombre de Jesús baja
primeramente del cielo, como un anticipo de la presencia del Señor que lo ha de
llevar. El Arcángel dice a María: "Le pondrás por nombre Jesús";
ahora bien, Jesús quiere decir Salvador. ¡Qué dulce será este nombre para el
mortal perdido! y, ¡cómo acerca ese solo Nombre al cielo con la tierra! ¿Hay
alguno más amable y más poderoso? Si, al sonido de ese divino Nombre, debe
doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos ¿habrá algún
corazón que no se conmueva de amor al oírlo? Mas, dejemos que nos describa San
Bernardo el poder y la dulzura de ese bendito Nombre. He aquí cómo se expresa a
este propósito en su Sermón décimoquinto sobre el Cantar de los Cantares.
"El
Nombre del Esposo es luz, alimento, medicina. Ilumina, cuando se le publica;
alimenta, cuando en él se piensa, y cuando en la tribulación se le invoca,
proporciona lenitivo y unción. Detengámonos, si os place, en cada una de estas
cualidades. ¿Cómo pensáis que pudo derramarse por todo el mundo esa tan grande
y súbita luz de la fe, sino es por la predicación del Nombre de Jesús? ¿No nos
llamó Dios a su admirable luz, por medio de la antorcha de su bendito Nombre?
Al ser iluminados por ella, y viendo en esta luz otra luz, oímos a San Pablo
que acertadamente nos dice: Erais antes tinieblas, mas ahora luz en el Señor.
Pero,
el Nombre del Jesús no es sólo luz; es también alimento. ¿No os sentís
reconfortados al recordar ese dulce Nombre? ¿Hay algo en el mundo que tanto
nutra el espíritu de quien en El medita? ¿Qué hay asimismo como él que restaure
la flojedad de los sentidos, que dé fortaleza a las virtudes, haga florecer las
buenas costumbres y mantenga los puros y castos afectos? Todo alimento del alma
es árido si no está empapado en este aceite, insípido si no está sazonado con
esta sal.
Cuando
me escribís, vuestro relato no tiene para mí ningún sabor si no leo allí el
nombre de Jesús. Cuando conmigo habíais o disputáis, la conversación no tiene
para mí interés alguno si en ella no oigo resonar el nombre de Jesús. Jesús es
miel para mi boca, melodía para mi oído, júbilo para mi corazón; y además de
todo esto, una benéfica medicina. ¿Está triste alguno? Venga Jesús a su
corazón, salga de allí a su boca, y en seguida se disipará cualquier nublado, y
volverá la serenidad, en presencia de ese divino Nombre que es una verdadera
luz. ¿Cae alguien en el crimen, o corre desesperado al abismo de la muerte? Que
invoque el Nombre de Jesús y comenzará de nuevo a respirar y a vivir. ¿Quién,
en presencia de ese nombre, permaneció nunca con el corazón endurecido, con la
incuria de la pereza, el rencor o la languidez del fastidio? ¿Quién, por
ventura, teniendo seca la fuente de las lágrimas, no la sintió correr
repentinamente más abundante y suave, en cuanto invocó el nombre de Jesús? ¿Qué
hombre hay, que temeroso y temblando en lo más recio del peligro, haya invocado
ese Nombre, y no haya sentido inmediatamente que nacía en él la confianza, y
huía el miedo? ¿Quién es, os lo pregunto, el que sacudido y agitado por las
dudas, no vió brillar la certidumbre, tan pronto como invocó ese luminoso
Nombre? ¿Quién es el que, habiendo dado oídos a la desconfianza en tiempo de la
adversidad, no recobró el valor cuando llamó en su ayuda a ese Nombre poderoso?
Efectivamente, todas esas son enfermedades del alma, y él es su medicina.
Así
es, y puedo probarlo con estas palabras: Invócame, dice el Señor, en el día de
la tribulación, y te libraré de ella, y tú me honrarás. Nada sujeta tanto el
ímpetu de la ira, ni calma tanto la hinchazón del orgullo. Nada cura tan
radicalmente las heridas de la tristeza, reprime los excesos lúbricos, extingue
las llamas de las pasiones, apaga la sed de la avaricia, y ahuyenta el prurito
de los apetitos deshonestos. En efecto, cuando pronuncio el nombre de Jesús, me
represento un hombre manso y humilde de corazón, benigno, sobrio, casto,
misericordioso, en una palabra, un hombre radiante de pureza y santidad, el
cual es al mismo tiempo Dios omnipotente que me cura con sus ejemplos, y me
fortalece con su ayuda. Todo esto suena en mi corazón cuando oigo el Nombre de
Jesús. De esta manera, si le considero como hombre, saco de él ejemplos para
imitarlos; si le considero como Dios Todopoderoso, una ayuda segura. Me sirvo
de los referidos ejemplos como de hierbas medicinales, y de su ayuda como de un
instrumento para triturarlas, elaborando con ellas una mezcla cual ningún
médico sabría confecionarla.
¡Oh,
alma mía, tienes un maravilloso antídoto encerrado, en este Nombre de Jesús
como en un vaso! Jesús, es ciertamente un Nombre saludable y un medicamento que
nunca resultará ineficaz para ninguna dolencia. Tenedlo siempre en vuestro
seno, siempre a la mano, de tal modo que todos vuestros actos vayan siempre
dirigidos hacia Jesús."
Tal
es, la virtud y la dulzura del santísimo Nombre de Jesús, nombre que fué
impuesto al Emmanuel el día de su Circuncisión; pero, como el día de la Octava
de Navidad está ya consagrado a celebrar la Maternidad divina, y el misterio
del Nombre del Cordero exigía por sí solo una festividad propia, la Iglesia
instituyó la fiesta de hoy. Su primer propulsor fué San Bernardino de Sena, en
el siglo xv, el cual estableció y propagó la costumbre de representar, rodeado
de rayos, el Santo Nombre de Jesús, reducido a sus tres primeras letras IHS,
reunidas en monograma. Esta devoción se extendió rápidamente por Italia,
favorecida por el ilustre San Juan Capistrano, de la Orden Franciscana, lo
mismo que San Bernardino de Sena. La Santa Sede aprobó solemnemente esta devoción
al Nombre del Salvador; y en los primeros años del siglo xvi, Clemente VII, a
ruego de muchos, concedió a toda la Orden, de San Francisco el privilegio de
celebrar una fiesta especial en honor del santísimo Nombre de Jesús.
Sucesivamente extendió Roma este privilegio a las distintas Iglesias, y llegó
el momento en que fué incluida en el calendario universal. Ocurrió esto en 1721
a petición de Carlos VI Emperador de Alemania; el Papa Inocencio XIII determinó
que la fiesta del santísimo Nombre de Jesús se celebrase en toda la Iglesia,
fijándola primitivamente en el domingo segundo después de Epifanía.
MISA
QUE SOLO PUEDE SER OFICIADA SEGÚN LAS RÚBRICAS DE LA
IGLESIA, QUE CONDENAN EL ACCIONAR IRREGULAR Y ACATÓLICO DE CONCILIARES DEL
VATICANO II, THUCISTAS Y LEFEBVRISTAS
La
Iglesia celebra la gloria del Nombre de su Esposo, desde el Introito. Cielo,
tierra, abismos, temblad al oír ese Nombre adorable, porque el Hijo del hombre
que lo lleva, es también el Hijo de Dios.
INTROITO
En el Nombre de Jesús debe doblarse toda rodilla, en los
cielos, en la tierra y en los infiernos: y toda lengua debe confesar que
Jesucristo, el Señor, está en la gloria de Dios Padre. Salmo: Señor, Señor
nuestro: ¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! — J. Gloria al Padre.
En
la Colecta, la Iglesia, que halla el consuelo de su destierro en el Nombre de
su Esposo, pide el poder disfrutar pronto, de la visión de Aquel a quien ese
Nombre querido representa.
ORACIÓN
Oh Dios, que constituiste a tu Unigénito, Salvador del
género humano, y ordenaste que se llamara Jesús: concédenos, propicio, la
gracia de gozar en el cielo de la presencia de Aquel, cuyo santo Nombre
veneramos en la tierra. Por el mismo Señor.
EPÍSTOLA
Lección
de los actos de los Apóstoles. (IV, 8-12.)
En aquellos días, Pedro lleno del Espíritu Santo, dijo:
Príncipes del pueblo y ancianos, oíd: Ya que en este día se nos pide razón del
beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera ha sido curado éste, sea
notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que este hombre está en
vuestra presencia sano en el Nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros
crucificásteis y Dios resucitó de entre los muertos. Esta es la piedra que
vosotros desechasteis al edificar, la cual se ha convertido en piedra angular;
y no hay salud en ningún otro. Ni se ha dado a los hombres otro Nombre debajo
del cielo, por el cual podamos salvarnos. Ya lo sabemos ¡oh Jesús! ningún otro
nombre sino el tuyo podía salvarnos, pues ese Nombre significa Salvador.
Bendito seas, pues te dignaste aceptarlo: ¡bendito seas por habernos salvado!
Eres del cielo y tomas un nombre de la tierra, un nombre que todos los labios
mortales pueden pronunciar: unes, pues, para siempre la naturaleza divina con
la humana. ¡Oh! haznos dignos de tan sublime alianza y no consientas que jamás
la rompamos. La Santa Iglesia celebra a continuación con sus cantos, las
glorias de este divino Nombre a quien bendicen todas las naciones, porque es el
Nombre del Redentor del mundo.
GRADUAL
Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y júntanos de entre las
naciones: para que confesemos tu santo Nombre, y nos gloriemos en tus
alabanzas. — Y. Tú, Señor, eres nuestro Padre y nuestro Redentor: tu Nombre
exista desde siempre.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. — J. Las alabanzas del Señor cantará mi
boca; y bendiga toda carne su santo Nombre. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación
del santo Evangelio según San Lucas. II, 21.)
En aquel tiempo, pasados los ocho días para circuncidar
al Niño, llamaron su Nombre Jesús, el cual le fué puesto por el Angel antes de
que fuese concebido en el vientre. ¡Oh Jesús! recibiste el Nombre al derramar
en la Circuncisión tu primera sangre; así tenía que ser, ya que ese nombre
quiere decir Salvador; y nosotros no podemos salvarnos tampoco si no es por
medio de tu sangre. Algún día, esa feliz alianza que has venido a contraer con
nosotros, te ha de costar la vida; el anillo nupcial que colocarás en nuestro
dedo, estará templado en tu sangre, y nuestra vida inmortal será el precio de
tu cruel muerte. Todas estas cosas nos las dice ya tu sagrado Nombre ¡oh Jesús,
oh Salvador! Tú eres la Viña que nos invita a libar de su vino generoso; mas,
todavía el celeste racimo ha de ser duramente pisado en el lagar de la justicia
del Padre de los cielos, de manera que sólo después de haber sido violentamente
arrancado de la cepa y desmenuzado, podremos nosotros embriagarnos con su
divino jugo. Recuérdenos siempre este misterio, tu divino Nombre, oh Emmanuel,
y guárdenos del pecado su memoria, conservándonos siempre fieles a Ti. Durante
el Ofertorio canta la Iglesia todavía al Nombre divino, objeto de la presente
festividad, ensalzando las gracias reservadas a los que le invocan.
OFERTORIO
Te alabaré, Señor, Dios mío, con todo mi corazón y
glorificaré tu Nombre para siempre: porque Tú, Señor, eres suave y manso: y muy
misericordioso con todos los que te invocan, aleluya.
SECRETA
Suplicárnoste, clementísimo Dios, hagas que tu bendición,
con la que vive toda criatura, santifique este sacrificio nuestro, que te
ofrecemos para gloria del Nombre de tu Hijo, Nuestro Señor J'esucristo, a fin
de que tribute a tu Majestad una alabanza, agradable, y a nosotros nos aproveche
para la salud. Por el mismo Señor. Después de haber recibido los fieles el
alimento celestial del Cuerpo y sangre de Jesucristo, la Iglesia en
agradecimiento, invita a todas las naciones a cantar y glorificar el Nombre de
quien las creó y redimió.
COMUNIÓN.
— REALIZAR LA COMUNIÓN ESPIRITUAL, VERDADERA COMUNIÓN [1]
Todas las gentes que hiciste vendrán a ti, y se
humillarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu Nombre: porque Tú eres
grande y haces maravillas: Tú sólo eres Dios, aleluya. Sólo queda ya a la
Iglesia por expresar un deseo: que los nombres de todos sus hijos sean
inscritos, a continuación del glorioso Nombre de Jesús, en el libro de la
predestinación eterna. Tendremos esta dicha asegurada, si sabemos estimar
siempre este Nombre salvador, conformando nuestra vida con las obligaciones que
impone.
POSCOMUNIÓN
Omnipotente y eterno Dios, que nos has creado y redimido:
contempla propicio nuestros votos, y dígnate aceptar, con rostro plácido y
benigno, el sacrificio de la: saludable Hostia que hemos ofrecido a tu
Majestad, en honor del Nombre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: para que,
infundida en nosotros tu gracia, nos alegremos de ver escritos en el cielo
nuestros nombres, bajo el glorioso Nombre de Jesús, con el título de la
predestinación eterna. Por el mismo Señor.
—DOM
PRÓSPERO GUÉRANGER, El Año Litúrgico, Primera Edición Española Traducida Y
Adaptada Para Los Países Hispano-Americanos Por Los Monjes De Santo Domingo De
Silos.
NIHIL
OBSTAT: F.R. FRANCISCVS SÁNCHEZ. 0. S. H. Censor ordinis.
IMPRIMATVR:
P. ISAAC M. TORIBIOS, Abbas Silensis, Ex Monasterio Sancti Dominici de Silos,
die 7.I.1953
[1] COMUNIÓN ESPIRITUAL, VERDADERA COMUNIÓN: https://www.facebook.com/photo?fbid=381902818003537&set=a.235028616024292



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